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domingo, 4 de diciembre de 2016

Réquiem para un dictador difunto

Ernesto Ochoa Moreno

Ernesto Ochoa Moreno
Menos mal que a Fidel Castro se le ocurrió pedir que cremaran su cadáver. Si no, la póstuma peregrinación oficial del régimen, que concluye mañana en Santiago de Cuba y ha llevado las cenizas del dictador hasta su destino final deshaciendo los pasos de la incursión revolucionaria que lo llevó a La Habana en 1959, se hubiera convertido en un cortejo fúnebre con catafalco y todo, como el de Juana la Loca con el cadáver insepulto de su esposo, Felipe el Hermoso.
Es una tentación de las dictaduras, tanto de izquierda como de derecha. Creer inmortales a sus gobernantes (o creerse tales ellos mismos) y volverlos vitalicios (o volverse tales ellos mismos). La deificación, la idolatría, sirve para dar permanencia a las autocracias y los totalitarismos, a las desmesuras del poder y de las revoluciones.
Un buen epitafio para el líder de la revolución cubana, convertido ya en cenizas, puede ser el que se lee en una iglesia de Roma, escrito en latín en una lápida de mármol sobre un sepulcro en tierra: “pulvis, cinis, nihil”; polvo, ceniza, nada. Tal es el “premio de la inútil inmortalidad” de que hablaba el poeta chino Tu Fu. Un premio que la muerte depara sin excepciones a reyes, emperadores, papas, presidentes y expresidentes, dictadores, comandantes guerrilleros, poderosos. También, por supuesto, a quienes no lo somos, a todos los mortales. “De la muerte nadie escapa,/ni el rey, ni el rico, ni el papa”, decía una saetilla que se pregonaba con débil traqueteo de tablillas en los claustros de los viejos conventos, antes de irse a dormir los frailes.
Esa inútil inmortalidad, que tras la muerte llega -y mientras llega-, hace que los poderosos, los gobernantes de todas las pelambres e ideologías, quieran eternizarse en el poder. Como ocurrió con Castro. Por decisión propia o por manejos de áulicos y paniaguados, se vuelven vitalicios, ya sea nimbados de liderazgos reales o inventados, ya sea a punta de paredones y represalias, pervirtiendo a su amaño conceptos y principios, como el de democracia, que en nombre de la misma ellos quebrantan. Valga advertir que, desde la derecha o la izquierda, la tendencia reeleccionista, esgrimida con la bendición de una fementida democracia, busca que los gobiernos se tornen también vitalicios, carcomidos por el totalitarismo, la intransigencia y la corrupción. Los ejemplos saltan a la vista.
El título de esta columna, como el lector fácilmente puede adivinarlo, se inspira en la novela “La Habana para un infante difunto”, de Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), el gran escritor cubano que, como tantos intelectuales de la isla, pasó de ser ferviente seguidor de Castro a opositor al régimen, perseguido político y exiliado irredento. Y como todo réquiem que se respete debe tener música de fondo, este a Fidel Castro puede acompañarse con la “pavana para una infante difunta”, de Ravel, que supongo inspiró el título a Cabrera Infante. Una forma triste, “ma non tanto”, de despedir al dictador difunto.

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