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domingo, 4 de diciembre de 2016

El dictador que murió en la cama

 Andrés CandelaAndrés Candela
Tantos eventos (incluidos los personales, que me tuvieron tan ausente) han ocurrido desde mi última columna y esta nueva entrada. Demasiados sucesos, y todos de vital importancia en nuestro agitado continente suramericano. Renglón aparte merece también la engalanada y orgullosa liebre cuyo desmesurado orgullo le hizo perder el plebiscito contra la menospreciada tortuga; sin embargo, si hay alguien que perfectamente puede agrupar dichos eventos y la mayor parte de nuestras desdichas, es el ya desaparecido Fidel Castro y su patética arenga de “socialismo”, que jamás dejó de ser otro asunto que la ley del embudo a su favor: socialismo, comunismo, fusilamientos y mezquindad para el pueblo; pero bienvenidos los lujos y excentricidades del capitalismo: ¡caviar, pesca, queso francés encargado desde el exclusivo barrio Saint-Germain-des-Prés en París, y la casa de Hemingway en la isla para él!
Una oratoria descomunal y un pueblo obligado a escucharle la misma perorata una y mil veces, sin derecho a chistar, sin la mínima posibilidad de sublevarse dentro de la ya instaurada monarquía con insulsos y mitómanos tintes de ‘Revolución’ para buscar de nuevo la verdadera libertad que él tanto les prometió. Así, poco a poco y con el paso del tiempo, engrupió a casi tres generaciones: una que lo ayudó a surgir, la segunda guardó cierta esperanza con él, y las siguientes que lamentablemente crecieron ya bajo su yugo, como si fuera el único dios o luz presente en el ‘mito de la caverna’. La única palabra válida de las Antillas.

El último comunista del mundo –quien de joven y bajo la complicidad de la penumbra nocturna ayudó a expandir los dominios familiares moviendo las cercas para robar territorio vecino– ha muerto en la cama como si fuera un noble y venerable anciano: ¡qué vergüenza haberlo permitido, qué tristeza haber sido tan pasivos permitiendo que expandiera sus nefastas guerrillas por todo el continente, mientras que él jamás vivió bajo la farsa que tanto predicó! Pero así también ocurre para los dictadores y gracias al eterno servilismo de oficio, “sic transit gloria mundi” en la mayor parte de la historia.

Fidel Castro ha muerto y en este momento –considero– ocurrirá en Cuba lo mismo que ocurrió en Rusia cuando Stalin nunca más despertó: más preguntas que respuestas. Pero con la absoluta certitud de que tan fratricida forma de gobierno y sistema ya no deben continuar, el mundo no lo puede permitir.
Quien escribe sabe que siempre –en algún momento– tendrá que rectificar o abjurar de lo que sus líneas sentenciaron cuando la equivocación es inocultable; no obstante, cuando el análisis de la historia, los textos, los personajes y sus momentos, al igual que el propio idioma, pagan las mundanas facturas, uno también puede permitirse decir –como en el caso de Fidel Castro– que jamás pienso abjurar de mis líneas sobre su nefasta herencia, que solamente me arrepentiré de haber escrito menos, de no haber ostentado unos adjetivos más robustos o ‘encalibrados’, así como él y ‘el Che’, cuando no tuvieron reparos en fusilar inocentes. No podemos olvidar: “Ante la duda, ¡mata!”, “Hemos fusilado y seguiremos fusilando”, dos de las tantas perlas de la ‘Revolución’.
El ejemplo de Castro lamentablemente se sostendrá a lo largo de la historia como lo que es: ¡una vil mentira! Ergo nuestra patética democracia echando mano de su sanguinario historial para –supuestamente– ayudarnos en tan repudiado proceso, que hoy por hoy el Gobierno de turno ya no se atreve a someterlo a votación para no ostentar una segunda vergüenza internacional en el momento de recoger lo suyo en Oslo; ya lo hará con sus rumiantes pacifistas de nómina y campeones de tetris y, de nuevo, al igual que los ejemplos dejados por Castro: ¡¿qué clase de democracia ostenta Colombia que en vez de escuchar a los ciudadanos los silencia con discursos de prepotencia?! Es decir, ¡al mejor estilo de un comienzo castrista! Pero esa es nuestra débil democracia, la misma que Castro ajustició en su país, una democracia en la cual la minoría cuenta más que la mayoría, una democracia caricaturesca que pone la bandera a media asta porque el último comunista del mundo –un dictador– ha muerto en la cama y el desfile de tiernos y tiernos cocodrilos está por comenzar.
P.S.: ‘Loco’, que Dios llene tus ojos de absoluto descanso. Con tu vida y tu silencio aprendí más de lo necesario.
Andrés Candela
@Andrescandla

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