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viernes, 4 de diciembre de 2015

Votos sí, balas no por Jean Maninat


En los años 60 del siglo pasado, bajo el influjo de la Revolución Cubana, la izquierda venezolana abrazó con ardor la lucha armada en contra de una democracia todavía endeble y asediada por todo tipo de conspiraciones.
El subcontinente era un carrusel de dictaduras que subían y bajaban al ritmo de los apoyos que venían del norte. Se había acuñado el calificativo de “república bananera” para referirse a las naciones del Caribe gobernadas algunas por exmilitares como el sargento Fulgencio Batista en Cuba; o el sanguinario general Rafael Chapita Trujillo en República Dominicana. A su lado, Duvalier en Haití, Somoza en Nicaragua, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela…, habían enhebrado un rosario de dictadores tontamente pomposos y adictos a suprimir todo indicio de voluntad democrática a sangre y fuego en sus países.
En Venezuela gobernaba el líder democrático Rómulo Betancourt (período 1959-1964), quien se enfrentó a Fidel Castro y lo venció política y militarmente, cuando el revolucionario cubano intentó, por primera vez, secuestrar a Venezuela. Muchos jóvenes idealistas, estudiantes de clase media, y algún que otro morador de los barrios populares, asumieron la lucha armada mareados por la aventura de la Sierra Maestra, por las barbas irredentas y el verdeolivo de los uniformes, por la proclama histriónica de la Declaración de La Habana. Frente a la andanada de agitación y propaganda armada y a la intención de boicotear las elecciones presidenciales de 1964 con plomo, surgió la consigna: Votos sí, balas no, que caló hondo en el pueblo venezolano, dispuesto a decidir democráticamente su destino y contribuyó al aislamiento social y luego al fracaso de la aventura armada (muchos de sus protagonistas se reintegrarían más tarde al proceso democrático).
Casi medio siglo después, quienes gobiernan en Venezuela —muchos de ellos cultores nostálgicos de la insurrección armada de entonces— han disparado un discurso de odio y enfrentamiento social que ha hecho percutir agresiones y balas en contra de los candidatos opositores en las próximas elecciones parlamentarias del 6 de diciembre. La idea no es nueva. Ya la han puesto en práctica los enemigos de la democracia —de todo cuño y toda inspiración— para tratar de acallar las voces disonantes frente a su proyecto particular de sociedad (el líder del Nuevo Liberalismo colombiano, Luis Carlos Galán, fue asesinado mientras les hablaba a sus seguidores desde una tarima electoral, por órdenes de un psicópata iluminado. Lo mismo le pasó en un púlpito abierto a Monseñor Romero, en El Salvador, a manos de los militares que temían su mensaje de reconciliación).
No hay escape. Las balas zumban mortales frente a la democracia. Siempre nos podrá sorprender un Tejero blandiendo una pistola. Sólo los votos nos escudan. Ejercerlos es la sustancia de la ecuación democrática, su fortaleza. La democracia termina a la larga imponiéndose a las balas, está a la vista en los libros de historia. Los gobernantes de la región americana harían bien en percatarse y dejar de remedar a los tres monitos sabios que no quieren oír, hablar o ver, cuando de defender la democracia en Venezuela se trata. Votos sí, balas no debería ser una exigencia al Gobierno venezolano compartida por todos en la región sin mucha dificultad. ¿No es cierto?

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