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La escandalosa historia de la jueza Awilda Reyes tiene el riesgo de convertirse en una historia de pasarela. Una anécdota sin profundidad, una cortina de humo, una de esas historias cebolla que empiezan con una cara, y al irse descartando una tras otra, terminas viendo la misma, pero con efectos lacrimosos. Una historia en la que el pecado original, la propia conformación del sistema de justicia, quede olvidado.
La moda es el signo de los tiempos. Desde lo más fatuo, hasta temas serios, la variedad de temas va marcando, con vida efímera, la moda del momento. Sea que hablemos de música, ropa o temas políticos, es obvia la veneración que tienen las redes sociales por lo que puede convertirse en tendencia, y es también obvio que predomina la falta de profundidad. Esto hace cada vez más urgente la necesidad de fomentar la criticidad social que aporta la educación humanista y filosófica para evitar que terminemos devorados por nuestra propia banalidad, o peor, sepultados bajo el cinismo que por acción u omisión estamos construyendo en la sociedad dominicana.
Ya lo había señalado Milan Kundera en La Lentitud: “para ocupar el escenario [y éste ya no sólo lo quieren ocupar los artistas o los políticos] hay que echar de allí a los demás. Lo que supone una técnica especial de lucha”. La técnica es controlada por el bailarín de los medios, el estratega que puede hacer, a través del manejo de estos, que algo en contra se convierta en algo a favor.
En un rato, Awilda que seguro es inocente de algunas cosas, pero principal protagonista de lo que se le acusa, servirá para que lo que ha sido un secreto a voces -que la justicia es un sistema de mercado fenicio- – quede oculto. Hoy le toca a la justicia, pero los partidos, la policía… merecen cada uno un artículo aparte en el mismo sentido.
Del “nada- es-Awilda”, la justicia es limpia, al “todos somos Awilda, para que no se vea la suciedad, existe el peligro de que ahora caigamos en el “sólo- es-Awilda” porque hay que salvar el sistema. La última fórmula es mala para la sociedad.
El sistema de justicia nació mal, y amenaza con carcomerlo todo. No es de crisis de imagen, ni de credibilidad de lo que se trata… es más profundo, y tiene que ver con el liderazgo político (que quiero creer que no quiso que esto llegara a estos niveles de podredumbre, pero en su afán de no ceder poder, lo logró. Aquellos polvos trajeron estos lodos).
Si bien la ingenuidad de que la justicia puede ser aséptica -limpia de intereses ideológicos o políticos- no sería precisamente el punto a proponer, no menos cierto es que más que un deseo, es un mandato urgente aspirar a que pongamos algún límite; por ejemplo, el límite que impone la decencia -o al menos el que impondría el debido contrapeso de la representación de otros intereses diferentes -, antes de que el monstruo no lo pueda manejar ni el dueño del circo, y termine devorándonos a todos, incluso a sus propios hijos.