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miércoles, 26 de julio de 2017

“Yo pagué a Hitler”, el libro que los Thyssen no van a leer

Fritz Thyssen, en su hotel de París en abril de 1940.
Por Martin Bianchi
Septiembre será un mes “horribilis” para la familia Thyssen. A la vuelta del verano, la baronesa Carmen Thyssen-Bornemisza tendrá que reanudar sus negociaciones con el Gobierno español para la cesión de su colección de obras de arte, que incluye piezas de Monet, Renoir, Degas, Rodin, Matisse y Picasso. Mientras tanto, su hijoBorja irá a juicio por un caso de supuesto fraude fiscal. La Fiscalía pide dos años de cárcel y Hacienda, tres, después de encontrar indicios de que ocultó al fisco 1,4 millones de euros.
La siguiente estación del vía crucis judicial de los Thyssen será en Estados Unidos, donde se enfrentan a un litigio por un lienzo de Camille Pissarro. Los tribunales de ese país han reabierto el caso que enfrenta a la familia judía Cassirer y al museo Thyssen por el cuadro Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia del pintor francés. La pieza, que fue expoliada por los nazis y comprada por Heini Thyssen en 1976, forma parte de la pinacoteca madrileña tras adquirirla el Estado español, en 1993. Demostrar que el barón y el museo eran o no conocedores del origen de la obra cuando la compraron será clave en el caso.
Pero la mancha nazi que ha salpicado a los Thyssen se extiende más allá del cuadro de Pissarro. Este otoño, la editorial Renacimiento publicará por primera vez en España las memorias de Fritz Thyssen, el tío del barón que financió el auge del nacionalsocialismo. En ellas, el aristócrata narra en primera persona cómo ayudó a Adolf Hitler a hacerse con el poder y descubre los lazos económicos e ideológicos entre esa dinastía alemana y el nazismo.

UN MILLÓN DE MARCOS

“Durante diez años, antes de que llegara al poder, yo sostuve a Hitler. Yo era entonces nacionalsocialista, luego explicaré por qué”. Así arranca el prefacio escrito por Fritz Thyssen, hijo de August Thyssen, fundador de la dinastía y uno de los padres de la gran industria alemana. Fritz nació en 1873, el mismo año en que su padre abrió su primera fábrica. Los Thyssen eran casi los únicos católicos entre los industriales alemanes, en su mayoría protestantes, pero eso no les impidió convertirse en los reyes del acero.
Fritz fue oficial en la primera guerra mundial. Vio con sus ojos el horror de las trincheras que, paradójicamente, enriquecieron a su familia: los Thyssen, especializados en el acero, producían armas y municiones para el ejército alemán. Luego le tocó ver cómo el pueblo germano sufría las penurias del Tratado de Versalles. En 1923 conoció a Hitler en casa del doctor Max Erwin von Scheubner-Richter, un joven de la nobleza báltica refugiado desde la Revolución Rusa. ¿El tema de conversación? Los efectos devastadores de Versalles: la hiperinflación y el temor a que los comunistas se hicieran con la República y desalojaran a los empresarios del trono de los negocios. “Lo malo de los nazis no es el partido en sí, sino ciertos individuos que lo componen, lo que desde luego es principalmente culpa del jefe del partido”, reconoce Thyssen en sus memorias.
El escritor Juan Bonilla, autor del prólogo de la edición española, explica que la admiración de Fritz Thyssen por Hitler fue temprana y casi instantánea. El tío del barón, como tantos otros alemanes, oía lo que quería oír, “la reacción al Tratado de Versalles era la columna vertebral de un discurso que no se cortaba un pelo a la hora de incurrir en xenofobia y pureza racial”. Fritz empezó a colaborar con el nacionalsocialismo en calidad de potentado: donó más de un millón de marcos al partido, pagó la reforma del piso de Hermann Goering y financió la compra de la Casa Parda, sede central del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en Múnich.
Pero, tal como señala Bonilla, su papel no se quedó en ofrecer soporte económico a Hitler. En 1931 ingresó oficialmente en el partido nazi y actuó de representante suyo ante los empresarios alemanes. Logró reunir seis millones de marcos en la Asociación de Industriales Alemanes para seguir alimentando la maquinaria nazi y dirigió una carta al presidente Hidenburg instándole a que nombrara canciller a Hitler. El führer se lo recompensó en el año 33 cediéndole un puesto en el Reichstag. Goering lo nombró consejero de Estado vitalicio.

LA CAÍDA DE LOS DIOSES

Cuando Thyssen entró en el Congreso comenzaron las controversias. El magnate no aprobaba la represión nazi contra la Iglesia Católica, a la que consideraba una aliada imprescindible. La política económica de Hitler tampoco le entusiasmaba. Consideraba que gran parte del dinero que se destinaba al ejército y la expansión alemana en Europa debía ir a inversión pública.
Thyssen fue ambivalente con la cuestión judía: despidió a todos sus empleados de origen judío, pero en 1938 protestó cuando la comunidad hebrea fue despojada y martirizada y sus templos arrasados en la Noche de los cristales rotos. “Hasta 1933 yo no había concedido mucha importancia al alboroto antisemita del Partido”, reconoce en el libro. No votó la infame ley de Nuremberg que elevaba el antisemitismo al rango de una política de gobierno y en la boda de su hija no izó la esvástica en su residencia de Speldorf. En 1938, tras el violento pogromo contra los judíos, renunció al Consejo de Estado.
Su ruptura definitiva con el nazismo llegó cuando Hitler anunció la invasión alemana de Polonia, en 1939. Thyssen se encontraba de vacaciones en Bad Gastein, en los Alpes austriacos, y aprovechó la distancia para enviar a Goering una carta en la que manifestaba su “no a la guerra”. De la noche a la mañana se convirtió en enemigo político del régimen. El Gobierno le revocó la ciudadanía alemana, nacionalizó sus fábricas y embargó sus bienes personales. Goering, amante del arte, se apropió de su colección de pinturas y grabados.

DE DACHAU A ARGENTINA

En su exilio, Fritz Thyssen se cruzó con Emery Reves, agente literario de Winston Churchill. Reves fue quien lo convenció para que narrara su experiencia como magnate que en los años veinte había abandonado el conservadurismo para apoyar económicamente al nacionalsocialismo. El empresario accedió a escribir Yo pagué a Hitler, pero no contó con que las garras del nazismo terminarían pillándolo. Mientras hacía una visita a su madre en Bélgica, fue detenido y encerrado, primero en un sanatorio berlinés, luego en los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau y, finalmente, en una cárcel del Tirol.

La primera edición de Yo pagué a Hitler salió en 1941, cuando Thyssen se encontraba prisionero de los nazis. La publicación causó un cisma. Era el primer nazi arrepentido y dispuesto a desnudar la connivencia entre el viejo establishment alemán y los nacionalsocialistas. Como explica Bonilla, “el nazismo fue un negocio de unos cuantos” y las memorias de Thyssen vinieron a confirmar que los nazis habían sido una creación de los industriales alemanes para escapar de la ruina que suponía Versalles y el comunismo en auge. Los empresarios no solo financiaron el nazismo, sino que lo utilizaron como una manera de expansión empresarial.
Tras la guerra, Fritz Thyssen fue condenado a pagar una cifra cuantiosa –medio millón de marcos– como compensación a las víctimas judías, pero fue liberado de otros cargos y recuperó las acciones del imperio metalúrgico Thyssen. No vivió lo suficiente para disfrutar de su fortuna. En 1950 se exilió en Argentina y al año siguiente murió. Ahora, su fantasma ha vuelto para atormentar a sus descendientes.
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