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jueves, 29 de junio de 2017

Tres asesinatos politicos en tres dictaduras

Me referiré a él, porque al leer el magnífico reportaje del periodista de LA PRENSA, Eduardo Cruz, publicado el domingo 18 de junio bajo el título Bill Stewart: el trago amargo de Somoza, me sentí conmovido. Más aun, al volver a revivir en YouTube las imágenes de su ejecución en una calle de Managua.
Si ya con el asesinato de mi padre se había iniciado el conteo regresivo de los días de Somoza, con el minuto y doce segundos que dura aquel estremecedor video, difundido cada 10 minutos en la televisión de los Estados Unidos (EE. UU.), a partir del 20 de junio de 1979, el reloj aceleró su tic-tac y Somoza perdió entonces el poco sustento que le quedaba en el gobierno de Jimmy Carter y del pueblo norteamericano.
Es falso que en 1979 Somoza contaba con el apoyo del “imperialismo yanqui”. Por el contrario, para los EE. UU., Somoza ya era una carga demasiado pesada y querían salir de él lo más pronto posible, pero que Nicaragua no cayera en el otro extremo: una dictadura de izquierda, como en efecto ocurrió.
El segundo asesinato político que me ha impactado en estos días es el del joven norteamericano de 22 años Otto Warmbier, quien regresó de un viaje de cinco días de vacaciones a Corea del Norte (un pésimo lugar para ir de turista), diecisiete meses después en estado vegetal, su cerebro totalmente muerto. Apenas una semana después, falleció en su casa de su nativo Ohio.
En un gesto “compasivo”, el régimen totalitario de Kim un-Jong le permitió el privilegio de morir en su casa. Su pecado: fue condenado por un tribunal norcoreano a quince años de trabajos forzados porque una cámara de seguridad de su hotel lo filmó robándose un póster de propaganda.
La última vez que se le vio en la televisión a este joven brillante —que fue designado el orador de su clase en la Universidad de Virginia— fue suplicando clemencia ante el impasivo tribunal sumario que le condenó, y aunque no vimos en un video como el de Stewart, la forma brutal que fue “descerebrado”, nuestra imaginación solo puede adivinar las torturas a que fue sometido cuando lo vimos por segunda vez al regresar  a Cincinnati en estado vegetativo, cargado por dos paramédicos.
Siendo hijo de un gran hombre que el 10 de enero de 1978 fue vilmente asesinado en una calle de Managua por sus ideales políticos, me impactan más que a la mayoría de las personas los asesinatos de orden político que ocurren en el mundo, hoy en día dramáticamente documentados, por una o más cámaras de video.
Tres asesinatos políticos me han impactado recientemente, aunque el primero que me voy a referir, el del periodista norteamericano de ABC News, Bill Stewart y su traductor Juan Francisco Espinoza, ocurrió ya hace más de 38 años.
Las consecuencias de su brutal asesinato, aunque no previsibles a corto plazo, inexorablemente las pagará el régimen de Kim un-Jong.
El tercer asesinato político que me ha impactado, es ya el número 75 en los tres meses de protestas masivas en Venezuela contra el dictador Maduro. Se trata del asesinato a mansalva con una escopeta por parte de un sargento de la fuerza aérea venezolana, del joven de 22 años David Vallenilla, cuya muerte, filmada en un video de alta resolución, ha acrecentado la ira nacional e internacional contra el régimen despótico. En una foto de Infobae se puede ver incluso la estela de humo que emana de la escopeta en dirección al pecho del joven.
La ironía más grande del destino es que este joven mártir era hijo del supervisor de Maduro —también llamado David Vallenilla— cuando este trabajaba como conductor de autobús en sus tiempos de sindicalista.
La reacción de los dictadores: Somoza, confrontado con la evidencia y por los corresponsales extranjeros, ofreció excusas y procesó al cabo Lorenzo Brenes, supuesto asesino de Stewart. Kim un-Jong: “Nosotros no sabemos por qué murió Warmbier, el hecho de que muriera de repente, en menos de una semana después de su regreso con su estado de salud normal, también es un misterio para nosotros”. Maduro: procesará al culpable: “Solo agua y gasesito lacrimógeno, está permitido”.
La justicia terrenal, si no la divina, se encargará de juzgar a los asesinos.
 El autor es periodista, exministro y exdiputado

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