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domingo, 21 de febrero de 2016

Las relaciones contradictorias de Rusia con su pasado comunista



La ceremonia inaugural de los Juegos de Invierno de Sochi de 2014 dejó a más de uno boquiabierto. Tras homenajear la Rusia de los zares con sus bailes suntuosos, el espectáculo glorificó a la Unión Soviética (URSS) en un escenario inspirado en el constructivismo, esa vanguardia en boga después de la Revolución de 1917: los obreros, artífices de la industrialización, compartieron protagonismo con los cosmonautas, los impulsores de la carrera espacial en el país de los soviets. La hoz y el martillo también aparecieron, abrazándose sobre la cabeza de los bailarines. Más allá de la anécdota, la polémica que suscitó esa visión histórica reveló la relación contradictoria que Rusia ha establecido con su pasado. Las declaraciones del oscarizado cineasta Nikita Mijalkov de este viernes, cuando expresó sin ambages su admiración por el presidente Vladímir Putin y la repulsa ante Mijaíl Gorbachov, último dirigente comunista, y Boris Yeltsin, su sucesor tras la caída de la URSS, siguen esa línea. Según el director, ambos mandatarios cometieron «un auténtico crimen» con sus acciones. En concreto, «la destrucción de la Unión Soviética».
«Es una idea compartida por muchos rusos y que el Kremlin se encarga de difundir y promover: Putin como salvador de Rusia», explica Nicolás de Pedro. El analista del laboratorio de ideas CIDOB señala que el actual nacionalismo ruso reivindica todo «con lo que se siente más cómodo», como «la grandeza imperial» o «el rol de igual a igual con los Estados Unidos», una situación necesariamente vinculada a la Unión Soviética y los años de la Guerra Fría. El desmoronamiento del régimen, «el caos de los años 90», está en el origen de las críticas contra la gestión de Gorbachov y Yeltsin. Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) de 1985 a 1991, impulsó las políticas conocidas como «Perestroika» (reestructuración) y «glasnost» (transparencia), un intento de reforma interna que aceleró la caída del régimen, también azuzada por la resistencia del núcleo duro de un partido reacio a experimentos y artífice de un fallido golpe de estado en agosto de 1991. Yeltsin, por entonces presidente de Rusia, jugó un rol clave resistiendo a los facciosos. Meses más tarde, en diciembre de 1991, la URSS desapareció definitiva y oficialmente. «Un asunto notable», señaló al respecto el historiador británico Tony Judt en su obra «Postguerra», que se produjo «sin una guerra exterior, sin una revolución sangrienta, sin una catástrofe natural. Un gran estado industrial, una superpotencia militar, simplemente colapsó»

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La «catástrofe»

«La caída de la URSS fue la catástrofe geopolítica más grande del siglo XX»,afirmó Vladímir Putin durante su discurso anual a la nación en abril de 2005. La carrera fulgurante de este exmiembro del KGB, el servicio de inteligencia soviético, se alimentó sin embargo de ese colapso. «Putin construyó su legitimidad como restaurador del orden y la estabilidad», señala De Pedro. Lo cierto es que Rusia pasó la década a duras penas. David Murillo, profesor de ESADE, recuerda que la crisis económica arrastrada desde finales de los años ochenta provocó «la caída de la esperanza de vida, el desaprovisionamiento de los mercados o el incremento de los suicidios», además de la «decepción de los ciudadanos», que «esperaban una transición positiva y gradual hacia una economía de mercado, sin pasar por ajustes terroríficos». El estallido de la primera guerra de Chechenia en 1994 alimentó el sentimiento de inseguridad. En diciembre de 1999, Putin, por entonces primer ministro, alcanzó la presidencia después de que un Yeltsin debilitado por sus problemas de salud y el alcoholismo decidiera designarlo sucesor.
En «Una historia concisa de Rusia», el historiador Paul Bushkovitch explica lo que sucedió tras la llegada de Putin al poder. La reforma constitucional de 1993, que había fortalecido las atribuciones de la Presidencia, permitió a Putin introducir numerosos cambios en el país: solucionar la presión ejercida por el Parlamento sobre su cargo, designar gobernadores de provincia a dedo o colocar a sus hombres de confianza en puestos de responsabilidad. Cambios que se produjeron en detrimento de las libertades y la calidad de la vida democrática. La organización en defensa de los derechos humanos Amnistía Internacional ha denunciado en numerosas ocasiones los desmanes vividos en el país. Entre ellos, la situación de los periodistas: quizá el caso más conocido sea el de la crítica reportera Anna Politkovskaya, asesinada en el mismo portal de su casa por un pistolero en 2006.
La reivindicación de la Unión Soviética en la Rusia actual también se vincula con la concepción de un poder fuerte ejercido por Putin. «En los libros de texto que se han hecho en los últimos años para las escuelas, Stalin aparece como una figura positiva», señala De Pedro, debido a la industrialización del país o a su victoria durante la Segunda Guerra Mundial, sin los pertinentes matices, como el pacto Ribbentrop-Mólotov o de no agresión nazi-soviético rubricado en diciembre de 1939. Una visión que además omite «las purgas y los puntos más conflictivos» del mandato del líder totalitario: entre 1936 y 1937, la NKVD, la policía política, ordenó el arresto de casi 1.370.000 personas y la ejecución de 680.000. Pero el personaje resulta «útil al Kremlin», que pretende subrayar la idea de que «un dirigente autoritario en el fondo consigue resultados». Esfuerzos cada vez más acusados por el contexto desfavorable. «Putin está poniendo mucho más énfasis en la grandeza nacional como alimento de legitimación, porque la bonanza económica está en un momento complicado, con la caída del petróleo y la falta de modernización de la economía rusa», añade el especialista. Por el momento, Moscú seguirá utilizando, en los aspectos que le convenga, su no tan lejano pasado comunista.

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