CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
EL drama de Venezuela es la versión literaria de una ficción que se concibió muy lejos del Caribe, allá por el 1816. Fue durante una velada en las cercanías del lago Leman en la que coincidieron Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y John Polidori. A sugerencia del Lord inician un juego consistente en imaginar varias tramas novelescas. La dama fantasea con un monstruo creado por un tal doctor Frankenstein, que adquiere vida propia y provoca un rosario de terribles asesinatos. La trama se repetiría una y otra vez en la historia con protagonistas que siguen el mismo guión y llegan finalmente al mismo desenlace. En vez de doctores, pensadores e intelectuales, y en lugar de monstruos, dictadores y tiranos.
Sólo es parcialmente cierto que el chavismo sea made in Venezuela. Tiene su origen en la situación del país, pero fue alimentado ideologicamente por europeos, en especial por españoles, los mismos que critican sin misericordia la transicion democrática. Son ellos los inventores de esa amalgama entre el populismo tradicional, nostalgias de mayo del 68 y odio a lo liberal. Todo eso lo llevaron al laboratorio y de allí salieron Chavez y Maduro. Sus creadores quedaron encantados y los pusieron de ejemplo frente a las aburridas democracias de Europa, faltas de emoción y sumidas en el sopor. Claro que después de cobrar las asesorías, no se quedaron en el al que tanto habían contribuido, sino que regresaron a la tranquilidad burguesa.
No son Monedero o Iglesias los que pagan las consecuencias de ese Frankenstein desatado que condena al hambre a su pueblo, asesina a manifestantes, encarcela a opositores o invade el Parlamento con sus okupas. Quienes pagan son los venezolanos, y lo hacen por partida doble. Han de sufrir la opresión sistemática del dictador y además soportar que desde aquí los llamen contrarrevolucionarios. Los padrinos intelectuales del nuevo tirano banderas repiten la monstruosa infamia de aquellos que, desde la comodidad democrática de Londres o Paris, atacaban a los purgados por Stalin con el argumento de que algo habrían hecho para merecer el castigo. No era muy distinta la actitud de quienes usaban idéntica explicación con las víctimas del ETA. En el fondo, la culpa fue de Miguel Angel Blanco por ser concejal del PP, y encima un extranjero oriundo de Galicia.
En la novela de Mary Shelley el doctor Frankensten actúa con un valor que les falta a sus modernos sucesores. Intenta domesticar al energúmeno y se arrepiente de que su frivolidad científica haya provocado semejante catástrofe. Nuestros intelectuales no muestran ninguna contrición. Apoyan al autócrata de allá, mientras insisten en desprestigiar la democracia de aquí. Mariano Rajoy o Albert Rivera son una terrible amenaza para la libertad, pero siguen manteniendo a Maduro en el santoral de revolucionarios ilustres. A pesar de tan lúcido análisis, los venezolano que pueden vienen a refugiarse en España y al parecer no hay una avalancha de españoles que lleguen a Venezuela a disfrutar del régimen bolivariano. En este caso el monstruo no pasa de la realidad a la novela, sino de la novela a la realidad.
Periodista
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