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jueves, 28 de julio de 2016

La ideología del heroísmo


Por Andrés L. Mateo. 28 de julio de 2016 - 12:12 am -  
Un dirigente puede amar el glamour del poder, sentirse en el despliegue de toda su grandiosidad cuando lo tiene, exhibirse con toda la fatuidad de un Pajuil; pero no tener la habilidad ni el coraje de lidiar con los riesgos y apostar a la incertidumbre.
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Andrés L. Mateo

Escritor, novelista, poeta, educador, critico literario, ensayista, investigador y filósofo. Ganador del Premio Nacional de Literatura 2004. Estudió Filología en la Universidad de La Habana. Actualmente es Decano de Estudios Generales, de la Universidad APEC. autor de las novelas Pisar los dedos de Dios,1979. La otra Penélope, 1982. La balada de Alfonsina Bairán, 1992. El Violín de la Adúltera, 2007.
En el que es quizás el mejor libro de la historia cotidiana del pueblo dominicano,   mitad sociología histórica y mitad antropología; que Harry Hoetink llamó  “El pueblo dominicano: 1850-1900”, se habla de un rasgo de la identidad del dominicano que él denomina “La ideología del heroísmo “. Según Hoetink ningún liderazgo en nuestra historia se sostiene si el “líder” no encarna un modelo heroico. No es posible concebir ningún liderazgo auténtico si la imagen del “líder” sucumbe bajo la cobardía. Concebir que el sentido común de los filósofos gobierna esta idea del liderazgo sería un grave error, pero lo que sí queda claro es que nuestra historia particular crucifica a quienes, haciéndose pasar por “grandes líderes”, no son capaces de asumir los sacrificios y las durezas que se derivan de ello.
El objeto de estudio de Harry Hoetink era otro: deslindar esa frontera indiscernible que cabalga en nuestra historia como un pesado fardo de atraso institucional, y que se expresa en la concepción patrimonial del Estado. Saltando de una región a otra, dibujando las características socioeconómicas que configuran los procesos particulares de generación de la riqueza por región, Hoetink se encuentra con que la estructura patrimonial de la nación se confunde de tal manera con el patrimonio de los “caudillos” que, como en el cuento de Gabriel Garcia Márquez, el dinero público y el de los líderes termina siendo “la misma vaina”.  Aunque Harry Hoetink se detiene en Ulises Heureaux, Lilís; como ejemplo apoteósico de esta deformación de la estructura patrimonial del país,  es casi una constante esta  idea de subsumir la riqueza del Estado junto con la riqueza material del “caudillo”. Sólo que Ulises Heureaux era el modelo perfecto. Quien  lee el “Epistolario de Lilís” puede percatarse de ello. La correspondencia que distribuye por todo el país el “General Guelito” es una variopinta redistribución de los bienes públicos, que alcanzan al chivato patibulario que Lilís tenía en cada provincia, como a la  apetitosa amante provista de suculentos atributos carnales a la cual mandaba un dinerito. Todo en la misma alforja en que se trasegaba con los asuntos oficiales.
Sin alguien estuvo adornado de esa “Ideología del heroísmo” fue sin dudas, Lilís. Y la usó abusivamente contra sus adversarios. Incluso adversarios pasivos. Cuando Luperón mencionó a Bonó desde Puerto Plata, como posible candidato a la presidencia, Lilís le hizo una visita en San Francisco de Macorís. Bonó era un pensador, un hombre que conceptualizaba la historia particular del país, y estaba muy lejos de encarnar esa “Ideología del heroísmo”. Discretamente abandonó el escenario. ¿Por qué Lilís y no Bonó? He ahí el drama de ese angustioso engendro, hasta nuestros días, una y  otra vez.  Salvador Jorge Blanco, por ejemplo, Balaguer lo destruyó desencuadernándolo como líder al someterlo a la extorsión del despojo de su valor. Quedó tan distante de “La ideología del heroísmo”, que sus posibilidades como dirigente fueron nulas.  En medio de la “Revolución Constitucionalista” la derecha hizo un gran esfuerzo por estigmatizar a Juan Bosch como un cobarde, porque no regresó desde Puerto Rico a ponerse al frente de la revuelta. Se emplearon a fondo para hacer verosímil ésa versión. La intentona instrumentalizaba el corpus de esa “Ideología del heroísmo”, y pretendía dejar a Juan Bosch revestido del San Benito de “cobarde”.
Lo cierto es que hay una visión del liderazgo en nuestro país que hace contradictoria la cobardía con la imagen de un “líder”. Un dirigente puede amar el glamour del poder, sentirse en el despliegue de toda su grandiosidad cuando lo tiene, exhibirse con toda la fatuidad de un Pajuil; pero no tener la habilidad ni el coraje de lidiar con los riesgos y apostar a la incertidumbre. Un líder si tiene una teoría de compromiso  debe comprometerse hasta el fin. Y no importa que sea un amasijo de absurdos y frustraciones como el que nosotros acarreamos; antes que el discurso lo que queda es que el compromiso sea vivido, para ser verdaderamente sincero. La idiosincrasia dominicana, tan cargadas de modelos heroicos arbitrarios, lo único que no le permite a un líder es la vulneración de esa “Ideología del heroísmo”, porque lo heroico, e incluso el falso heroísmo, tiene cierta resonancia en la concepción del liderazgo, y en la ideología; a la que por algo la filosofía llama “falsa conciencia”.

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