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miércoles, 23 de septiembre de 2015

La larguísima resaca de las dictaduras en Centroamérica


Fabrice Lehoucq
El Faro / Publicado el 21 de septiembre de 2015
Las dictaduras centroamericanas del siglo XX producían resultados económicos mediocres y marginaban a la mayoría de los beneficios de esa economía. Pero la eliminación de esas dictaduras tuvo costos enormes de los que la región, siempre con la excepción de Costa Rica, aún no se ha repuesto.
Ya anclados en el nuevo milenio, vale la pena preguntar acerca de los logros del Siglo XX tanto en El Salvador como en el resto de Centroamérica. Este fue un siglo de pocos avances y mucho estancamiento. Aunque las dictaduras de antaño cayeron –el logro más importante de la región–, su incapacidad de compartir el poder impuso enormes costos para la mayoría de las sociedades del istmo. La deformación del Estado fue la causa principal de las guerras civiles, y su atraso sigue siendo una fuente clave del subdesarrollo de la región.
Con excepción de Costa Rica, los sistemas políticos de la región fueron autoritarios hasta los años ochenta. Las taxonomías de los regímenes políticos demuestran que existieron dictaduras en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua en más de 80 por ciento de los años entre 1900 y 1980. La formación política más común en Panamá era semidemocrática, es decir, un sistema donde los derechos individuales no siempre fueron muy respetados y donde las elecciones no fueron la única forma de llegar al poder. Solamente en Costa Rica se construyó, a lo largo del siglo XX, un sistema donde el Estado llegó a respetar los derechos de sus ciudadanos, incluyendo el derecho de elegir a sus gobernantes.
Estos sistemas fueron, para usar el término acuñado por Enrique Baloyra, “despotismos reaccionarios.” Fueron despotismos porque no permitieron elecciones competitivas para sus presidentes ni diputados. Fueron reaccionarios porque legislaban a favor de sus agroexportadores. Los dictadores o juntas militares en estos sistemas promovieron las políticas de bajos impuestos y mínimo gasto social preferidas por los grandes exportadores de café y bananos. Estos regímenes, por tanto, prohibieron críticas a las políticas de laissez faire, impidiendo así la libre competencia de proyectos alternativos para expandir el grupo reducido de intereses que se beneficiaban de las ganancias del comercio internacional.
Una comparación de indicadores sociales y económicos revela progresos limitados y las debilidades de combinar el autoritarismo con un desarrollo basado en un estado minimalista. Por un lado, las condiciones sociales estaban mejorando (levemente) o siendo (marginalmente) menos intolerables. En el año 1980, una mayoría de los adultos de cada país –un promedio de 70 por ciento– había aprendido a leer y escribir, una mejora de casi 10 por ciento desde 1960. En 1980, más del 92 y 85 por ciento de adultos costarricenses y panameños, respectivamente, podían leer o escribir. En 1980, la expectativa de vida promedio n Centroamérica era de 66.5 años, un avance de 10 años. Estas cifras en Costa Rica (75) y Panamá (72) se aproximaban a las de los países desarrollados. Aunque el promedio regional de la tasa de mortalidad infantil bajó a la mitad –de 82.6 a 40.9 muertos por mil nacimientos vivos– entre 1960 y 1980, permaneció por sobre el promedio regional en El Salvador, Guatemala, Honduras, y Nicaragua aún en 1980.
El parque Hula Hula en una postal de alrededor de 1930. Al fondo está "La torre del reloj" que, a pesar de su aspecto elegante, albergaba urinarios públicos. En la actualidad aún se puede ver la base de la torre escondida entre puestos de peluquerías. En aquel entoces El Salvador tenía una población de un millón y medio de habitantes, y la mayoría vivía en condiciones de extrema pobreza. Contrario al sentimentalismo que generan las fotografías del pasado histórico, El Salvador de entonces estaba lleno de profundas injusticias en el campo, y quien se atrevía a protestar era reprimido con crueldad.
El parque Hula Hula en una postal de alrededor de 1930. Al fondo está "La torre del reloj" que, a pesar de su aspecto elegante, albergaba urinarios públicos. En la actualidad aún se puede ver la base de la torre escondida entre puestos de peluquerías. Foto archivo El Faro/Mauro Arias.
Por otro lado, únicamente en Costa Rica las políticas sociales compensaron a amplios sectores de la sociedad. El crecimiento económico, por lo tanto, fue acompañado por una reducción importante en el porcentaje de hogares viviendo en la pobreza. Entre 1950 y 1980, los pobres disminuyeron de 50 a 25 por ciento de la población costarricense, según el Programa del Estado de la Nación y Región. Aunque la ausencia de cifras comparables impide el cálculo de los niveles de pobreza en el resto del istmo desde la mitad del siglo XX, los datos disponibles sugieren que los costos sociales del autoritarismo fueron altos. En 1980, la primera fecha para la que existen datos comparables, un promedio de 62.8 por ciento de centroamericanos vivieron en pobreza, una tasa casi dos veces más alta que la media Latinoamericana.
Cabe destacar que el país con el Estado más grande –Costa Rica– también creció por encima del promedio tanto mundial como latinoamericano, según las cifras de Angus Maddison. Si el promedio mundial de crecimiento anual del PIB per cápita fue 2.7 por ciento entre 1950 y 1975, la economía de Costa Rica, y la de Panamá, crecieron a un promedio anual de 2.9 por ciento. Todas las otras economías, salvo una, crecieron menos de 2 por ciento anualmente. El boom económico de la postguerra fue, en lo general, mediocre y refleja los límites de un modelo de desarrollo basado en la exclusión social y política.
La excepción a la cual me refiero es Nicaragua. Si bien en el nuevo milenio la economía nicaragüense se volvió una de las más pobres del continente, fue la que más rápido creció entre 1950 y 1975 (un promedio anual de 3 por ciento). ¿Qué pasó? La revolución que liquidó al somocismo redujo el PIB per cápita en casi 25 por ciento entre 1977 y 1979. La guerra civil entre los Sandinistas y los Contras junto al mal manejo de la economía por parte de los Sandinistas durante los ochenta le costó al país otro 35 por ciento del PIB per cápita.
La economía de El Salvador (al igual que la de Guatemala) perdió 20 por ciento del PIB per cápita durante los ochenta. Las economías de Costa Rica y Panamá apenas crecieron 3 por ciento durante esta década. La de Honduras perdió 12 por ciento de su PIB per cápita. Esta caída fue producto de la guerra y de una severa crisis en la balanza de pagos a finales de los años setenta y principios de los ochenta. La crisis mencionada fue el resultado de una fuerte caída en el precio del café, fenómeno que, según Victor Bulmer-Thomas , redujo tres décadas de aumentos del PIB per cápita en El Salvador y Nicaragua, dos décadas en Honduras, una década en Costa Rica y media década de aumento per cápita en Guatemala. Los términos de intercambio negativos golpearon a la región justo cuando la lucha por el poder se había vuelto violenta.
La cifra más escalofriante de todas es la del número de víctimas de las guerras civiles de los ochenta. Los cálculos sugieren que 75,000 salvadoreños murieron entre 1979 y 1991. En total, más de 300,000 perdieron sus vidas, la gran mayoría de esos muertos siendo reclutas involuntarios en la transición a la modernidad en Centroamérica. Las sociedades centroamericanas pagaron un costo alto por la eliminación de sus dictaduras anacrónicas.

*Fabrice Lehoucq es profesor y catedrático en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Carolina del Norte (Greensboro). Su página web es www.uncg.edu/~f_lehouc. Este ensayo está basado en su última obra, The Politics of Modern Central America: Civil War, Democratization, and Underdevelopment (Cambridge, MA: Cambridge University Press, 2012). Editor responsable de esta entrega: Erik Ching.

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