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jueves, 8 de febrero de 2018

Franco y su arquitecto: «La cruz del Valle de los Caídos fue nuestra pesadilla»


ISRAEL VIANA
«Presentar una cruz en lo alto de un risco que trepa hasta las nubes sin que pareciera enana y vulgar en su estilo y proporciones era la pesadilla tanto del Caudillo como mía», reveló a ABC el arquitecto responsable de las obras del Valle de los Caídos, Diego Méndez. La entrevista se publicó el 21 de julio de 1957, dos años antes de la inauguración del gigantesco monumento con el que el dictador quiso honrar a los muertos (de su bando) en la Guerra Civil. Una imponente cruz de hormigón y cemento de más de 200.000 toneladas de peso, 150 metros de altura y 46 metros de longitud en sus brazos, que sigue generando polémicas más de cuarenta años después de la llegada de la democracia.
La última se produjo ayer miércoles, cuando la Comisión de Justicia del Senado convocó al prior del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, para que explique por qué se niega a cumplir la sentencia que le obliga a exhumar restos custodiados en el mausoleo y reclamados por sus familiares. Este argumenta que eso no es posible por el daño que la obra podría causar en la basílica. Un día antes, además, Pedro Sánchez había presentado la hoja de ruta del PSOE, donde incluía medidas como que se trasladen los restos de Franco y José Antonio Primo de Rivera fuera del conjunto monumental ubicado en San Lorenzo de El Escorial.
Hace ocho años, las iniciativas iban más allá. El Foro por la Memoria de la Comunidad de Madrid y el Foro Social de la Sierra de Guadarrama pedían incluso la voladura inmediata de la famosa cruz: «De ninguna forma puede consentirse que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza», aseguraban. Un símbolo cuya construcción supuso un auténtico suplicio para Méndez, según repitió durante su charla con el periodista, escritor y Cronista Oficial de la Villa de Madrid, Tomás Borrás: «La cruz fue nuestra pesadilla».
En un artículo publicado en la revista madrileña «Índice», en 1953, se hacía referencia a los anteriores proyectos de la cruz presentados por Pedro Muguruza, el arquitecto encargado de comenzar los sobre las obras del Valle de los Caídos en 1941 y sustituido después por enfermedad, Antonio Mesa Prieto Moreno. «Ninguno estaba en la línea conceptual conveniente. Unos, por pobreza; otros, por error manifiesto», decía el reportaje. Se decía que «hubo lo que se dice miedo» en el entendimiento y plasmación de la «grandiosa idea» del Jefe del Estado.


Franco, supervisando el inicio de las obras del Valle de los Caídos, en 1940
Franco, supervisando el inicio de las obras del Valle de los Caídos, en 1940-ABC

El arquitecto de Franco —o encargado de las tareas arquitectónicas en la Casa Civil del Jefe del Estado— no quiso hacerse cargo al principio de aquel rompecabezas lleno de obstáculos. Declinó incluso presentarse al concurso convocado por la Dirección General de Arquitectura. Según dijo, «por elemental delicadeza». Y es probable que no lo hubiera hecho si no fuera porque el «Generalísimo» le encomendó las obras en 1950.
En el libro «La verdadera historia del Valle de los Caídos» (1976), Méndez le contaba a su autor, Daniel Suerio, la conversación que tuvo con Franco en El Pardo a finales de los 40.
Franco: ¿Ha visto usted lo que han hecho sus compañeros para el proyecto éste de la cruz?.
Diego Méndez: Pues sí, señor, lo he visto.
F: ¿Qué le parece a usted?
D.M.: Pues no sé, mi general.
F: Pues mírelo usted, que aquí tengo fotografías de todos los proyectos; siéntese usted ahí.
D.M.: Muy afortunados no parece que han estado, pero, en fin, no sé. ¿A usted qué le parece, mi general?
F: A mí me parece que han hecho una porquería. No es esto lo que tenían que hacer, era una cosa distinta. Se han quedado pequeños, es una cosa sin inspiración... Vamos a ver, ¿quiere usted hacer el proyecto de la cruz?
D.M.: Pues no, mi general, no quiero hacerlo. Mejor dicho, no puedo hacérselo (...). Si ahora declara usted el concurso desierto y me dice que haga yo la cruz, pues dirán que podía haberse ahorrado hacerlo.
F: Entonces, ¿qué solución le ve usted a esto?
D.M.: Pues mire usted, mi general, que coja usted esto y se lo dé a Pedro Muguruza, que es el director general de Arquitectura, que es a quien tiene usted disponiendo todas estas cosas del monumento.
F: Entonces, ¿no quiere usted hacer el proyecto de la cruz? ¿Ni siquiera un boceto?
D.M.: Sí, señor, ¿por qué no voy a querer?
F: Pues hágame usted unos bocetos de la cruz.
El proyecto, efectivamente, fue muy difícil de llevar a cabo. Incluso para este experto al que ya le habían adjudicado las obras de restauración del Palacio del Pardo y el Palacio de la Zarzuela. Esa fue la razón de que «otros compañeros ilustres retrocedieran ante el problema que representaba». «Pasaron meses y no daba con la solución –continuaba Méndez–. Un día, de modo inesperado, mientras aguardaba absorto a que mis cinco chiquillos se vistieran para ir a misa, casi iluminado, dibujé con el lápiz con el que hacía arabescos en un papel, sin darme cuenta, la Cruz tal y como está ahora en su materia clavada en la elevación poderosa». Cuando le llevó sus bocetos al dictador, la sentencia de este fue clara: «¿Ve usted? Pues esto es lo que yo quería hacer, una cosa así. Haga usted el proyecto definitivo».
Los otros proyectos que ilustran este reportaje fueron desechados. La «iluminación» del arquitecto madrileño se puso en marcha en julio de 1950 con los trabajos de cimentación. La construcción comenzó en 1951. «En la cima de la cruz puede percibirse una sensible oscilación en sus brazos, sabiamente estudiada, donde pueden cruzarse dos automóviles de turismo sin tocarse», aseguran las guías turísticas. Sus dimensiones permiten que en su interior pueda albergar una escalera de caracol y un ascensor desde la base hasta los brazos. Y que se aposten en su pie los cuatro Evangelistas de Juan de Ávalos, de 18 metros cada uno, por los que el escultor extremeño cobró 300.000 pesetas.

Accidentes laborales y silicosis

Según Méndez, en las obras participaron unos 2.000 peones que trabajaron a un ritmo muy alto con la pretensión de que las obras acabaran lo antes posible. Entre ellos se encontraban, según sus palabras, «ochenta condenados». Por lo que se supo después, muchos de ellos eran presos republicanos, algunos de los cuales acabaron siendo enterrados bajo aquellas mismas piedras. «Horadaron el granito, se subieron a andamios inverosímiles y manejaron dinamita. Han jugado, día a día, con la muerte… Y triunfado sobre ella», declaraba el arquitecto a este periódico, donde no dudaba en añadir: «Durante la construcción de la cruz no se registró ningún accidente».


La cruz del Valle de los Caídos, desde abajo, en el año 2000
La cruz del Valle de los Caídos, desde abajo, en el año 2000 - ABC

Algunos historiadores señalan que muchos de aquellos reos –según los estudios posteriores más de 80– no llegaron nunca a gozar de la libertad o las reducciones de pena que se les prometió por participar en la obra. Otros, además, sufrieron accidentes por las escasas medidas de seguridad que había. En su libro, Suerio entrevistaba también al médico preso Ángel Lausín, que trabajó allí durante 18 años. «Hubo 14 muertos en todo el tiempo que duró la obra. Si había un accidente mortal, me avisaban a mí. Yo lo veía y avisaba al juzgado de El Escorial. Venía el juez, tomaba sus notas y se lo llevaban al cementerio de El Escorial para hacerle la autopsia. Luego lo enterraban allí (...). Hubo accidentes muy graves y otros menos graves. Raro era el día en que no había uno, porque, claro, se movían piedras muy gordas, vagonetas grandes… había mil cosas (...). Y hubo también muchos casos de silicosis. Casi todos se han ido muriendo después», contaba.
Las obras de la Cruz y la basílica finalizaron en 1958, con un coste total de 1.086.460.331 pesetas (el equivalente a 247,5 millones de euros hoy), según la guía oficial de Patrimonio Nacional. El Caudillo veía cumplido su sueño, que quedó reflejado en 1940 en el Boletín Oficial del Estado [lee el documento de la época]: «Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan un lugar de meditación y reposo en el que las generaciones futuras rindan tributo a los que les legaron una España mejor». ¿Y qué dijeron los extranjeros sobre el resultado?, preguntaba Borrás en ABC a Méndez: «Los latinos lo entienden; los anglosajones, no. Estos últimos preguntan cuál es su rentabilidad. “Ninguna”, les contesto yo. Y se quedan pasmados tanto de la obra en sí como de lo que llaman “su inutilidad”», respondía.

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