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miércoles, 17 de junio de 2015

Por quién doblan las aduanas desde Trujillo

Andres Vanderhost
Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra. Por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti. John Donne
Quizá muchas personas no se han percatado de que a su entrada a los aeropuertos de países de gran desarrollo, lo único que se le exige es declarar cuando se introduce valores por encima de una determinada cantidad (en el caso de Estados Unidos es diez mil dólares). O nadie se ha detenido a pensar por qué los productos dominicanos, mucho antes de la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, no se les cobra arancel, o el impuestos a los artículos importados.
La razón no es un capricho o una magnanimidad de los países de mayor desarrollo con aquellos del llamado tercer mundo. Simplemente es porque desde hace décadas, los impuestos cobrados en las Aduanas se consideran impuestos distorsionantes para el comercio, para el flujo de mercancía, para la transparencia de las finanzas publicas y para la competitividad, ya que encarecen la cadena productiva, afectando en última instancia al consumidor.
Sin embargo, en nuestro país, a pesar de tener firmados acuerdos de libre comercio con los dos bloques comerciales más importantes de occidente, es decir por el lado americano el DR-CAFTA y por el lado Europeo el EPA, aún se tiene la creencia de que las aduanas son instrumentos de recaudación, retaliación o de protección comercial.
Esta concepción del papel de las Aduanas y del poder que puede ejercer como guardián del ingreso de mercancías, hace que su dirección sea uno de los puestos mas apetecibles por los políticos, después de ser Presidente y mucho antes de ser ministros. Más aún cuando el marco legal que lo empodera data del siglo pasado, cuando las Aduanas tenían una función muy distinta de la que el mundo de hoy les requiere.
En el caso dominicano, es necesario recordar que la Aduana “moderna” adoptó sus procesos en tanto entidades recaudadoras y de control a partir del 1916, cuando los Estados Unidos, para poder cobrarse la deuda externa dominicana, confiscaron, literalmente, las entradas de las mercancías, cobrando de esa manera el capital más los intereses adeudados. Esta es la Aduana que, luego del 1924, encuentra Trujillo, quien toma para sí control de estos recursos.
A través de las Aduanas se recaudaba más del 90% de los impuestos, sirviendo este mecanismo como muro de contención a la competencia de bienes importados y de holgada protección a las empresas nacionales, muchas propiedad del tirano o sus amigos.
Más aún, la capacidad de distorsión que permitía esta visión de las aduanas dio origen a contratos y concesiones especiales para aliviar a algunos de las graves cargas tributarias.
Con estas concesiones o exenciones se desarrolló incipiente industria la cual derivaba su competitividad a partir de altos costos de artículos importados o sustituyéndolos, en caso de prohibición.
Es así como el Dictador usaba las aduanas para proteger para sí mismo y sus socios el exiguo mercado nacional, enmarcándose dentro de las famosas políticas de sustitución de importaciones, que se aprovechaba de los escasos mecanismos de información o ilustración que le permitiera saber a los consumidores si el precio a pagar por los productos se correspondía con la calidad ofrecida o su valor de mercado.
Luego del ajusticiamiento de Trujillo, las aduanas volvieron a tener una participación activa en el acontecer político y económico, cuando, producto del aislamiento por sanciones de la OEA, se otorgan permisos de importación, y se usa como único medio para recaudar impuestos.
A la llegada de Balaguer, el impulso a la industria nacional contaba con la contraparte de unas aduanas esencialmente proteccionistas y con visión recaudadoras. El fomento industrial no requería de unas aduanas modernas, pues no contemplaron la producción exportadora. Las siguientes tres décadas dan cuenta de cómo el director de Aduanas, que en cualquier otra parte del mundo era un burócrata operativo, en la República Dominicana tenía acceso diario a Palacio y reporte personal con el Presidente. La gestión de las aduanas era una posición de confianza, ya que desde allí se manejaban abundantes recursos y exenciones a discreción.
No es, sino hasta principios de los años 90, cuando, luego de haber pasado una grave crisis económica y política, el mismo presidente Balaguer, promueve un proceso de reformas estructurales, que pretendían modernizar una economía ahogada por su falta de vinculación al comercio exterior. Es así como llega la reforma tributaria y arancelaria más profunda acometida a la fecha, mediante la cual se redujeron las tasas arancelarias y se simplificó sustancialmente la administración tributaria logrando por primera vez el ingreso vía otros impuestos internos. Era necesario. El mundo cambiaba y la vinculación de los procesos de producción requerían acceso a materias primas, maquinarias y los consumidores a mayor diversidad de productos.
Hemos sido testigos de la transformación de todos los procesos gracias a la tecnología y los medios de comunicación y transporte. Hoy se habla de competitividad, de facilitación del comercio, de perfiles de riesgo, de rapidez. El control aduanero tiene más que ver con inocuidad de productos que con la imposición de aranceles.
La industria nacional necesita de agilidad en la importación y exportación de mercancías; la cadena global de valor necesita procesos predecibles, ágiles sin sujeción al humor del incumbente de turno o a la súbita necesidad recaudatoria de un gobernante.
La República Dominicana hoy está efectivamente inserta en el mundo y sus aduanas no sólo regulan la entrada y salida de mercancías, sino también el tránsito internacional de los embarques con tercer destino. Son, en esencia, un facilitador del flujo de comercio. Las aduanas hoy, doblan por ti.

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