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sábado, 28 de octubre de 2017

El inventario moral de la familia Trujillo Molina. (#1)


Jose Novas
Por lo que hemos leído en los últimos años en libros o artículos escritos por algunos familiares del dictador Rafael L. Trujillo Molina, concluimos que en ellos hay la percepción de que el Generalísimo fue un enviado del cielo para proteger al pueblo dominicano y que sus familiares eran egresados de un monasterio que merecían la canonización.
Según un nieto del Dictador,  que actúa como abanderado de una campaña que trata de resucitar la moral del apellido, la fortuna de su abuelo quedó en su totalidad en el país y sus parientes salieron con las manos vacías, porque nadie ha podido probar que tenían cuentas en bancos extranjeros, un planteamiento que ni ellos creen.
Asegura Ramfis Domínguez Trujillo que la fortuna de su abuelo se la robaron los políticos de la generación posterior a la dictadura, y es cierto en parte, porque hubo saqueo de lo que ellos no pudieron sacar. Pero de ahí a que no se llevaron millones en efectivo,  es una fábula.
La verdad es que algunos de la familia poseían inversiones en bienes inmuebles y no fue posible venderlos;  los acontecimientos se precipitaron y se produjo la fuga.  Lo que parecía que duraría una eternidad terminó en forma súbita el 19 de noviembre de 1961.
Haremos un inventario sobre la conducta de algunos de la familia Trujillo, para que Ramfis Domínguez, a quien le contaron a conveniencia la historia de los Trujillo,  sepa cómo funcionaban las cosas durante el régimen de su abuelo, al que él califica como el mejor gobernante en la historia de la República, una falacia inaceptable.
EL AUTOR es historiador y comunicador. Reside en Nueva York.
Iniciamos la taxonomía y balance con Romeo Amable Trujillo Molina, hermano del dictador y conocido con el apodo de Don Pipí. (Advierto que nuestro relato refiere a Don Pipí como un fullero, para los que hoy tratan de exponer que la fortuna de esa familia fue adquirida con honradez, como dice su nieto).
Don Pipí era uno de varios estafadores en esa familia; era persona de escasa escolaridad, pero su talento para engañar era asombroso. No ocupó cargos de importancia porque el Dictador lo conocía bien y lo mantuvo en puestos de bajo perfil. Aun así,  “Don Pipí” actuaba como un felino en el tráfico de influencias; de igual modo lo hacían otros del clan Trujillo que acumularon riquezas a través de la extorsión bajo la sombra de su hermano.
Una de las costumbres de “Don Pipí”, contrario a otros en su familia, era que se sentía a gusto relacionándose con personas ordinarias. Se le veía compartir con amigos en los sectores populares, era mujeriego y tuvo varios hijos con distintas concubinas. Era apostador empedernido, prefería las peleas de gallos para sus jugadas y su inclinación era hacer trampas, extorsión y fullería.  Su riqueza la obtuvo de su habilidad de tahúr. Tenía casas de alquiler diseminadas por los barrios de la capital, las cuales compraba bajo amenazas a precios por debajo de lo real, y los inquilinos de ellas que no pagaban a tiempo las mensualidades, por lo regular pasaban malos ratos.
Don Pipí frecuentaba al barrio San Carlos, donde había vivido un tiempo,  y por allí tenía con una traba de gallos en la intersección conocida como “Las Cinco Esquinas”, es decir, en la confluencia de las calles Abreu, Montecristi, Del Monte y Tejada, Pimentel y Eugenio Perdomo.  Era amante de los tragos; mientras jugaba dominó doblaba el codo con sus amigos.
El único empleo que tuvo en el gobierno fue la Oficina de Control de Prostitutas y operaba las clínicas del gobierno como si se tratara de un negocio propio. Uno de los dispensarios estaba en la ciudad intramuros, donde había un registro de mujeres que trabajaban en los prostíbulos y que suponía era para prevenir las infecciones venéreas. Aquel  dispensario expedía permisos para ejercer la prostitución dentro y fuera del país. Durante el régimen, don Pipí actuaba como el dueño de esas clínicas y los certificados que allí se emitían le llamaban “la tarjeta de Don Pipí”.  La prostituta que era sorprendida en un cabaret y no tuviera “la tarjeta”,  era multada.  Tampoco podía salir a trabajar al exterior sin este documento, y los propietarios de los cafetines que las empleaban eran igualmente amonestados.
Don Pipí acudía al abuso y extorsión para lograr sus propósitos. Cuentan que una vez viajaba en automóvil por una concurrida calle de la capital y un chofer del “concho” le rayó el vehículo. Don Pipí se detuvo y con calma parsimoniosa, se bajó del auto, se identificó y le dijo al conductor: “Yo soy Romeo Trujillo; aquí tiene las llaves, lléveme a casa un carro nuevo, que éste yo no lo quiero”.  Imagine usted, el apuro por el que pasó aquel infeliz conductor a raíz del incidente.
Haciendo trampas fue que Don Pipí hizo fortuna. Cuentan los descendientes de la familia Melo Sánchez, cuyo padre era propietario de un almacén y vivían en la calle Emilio Prud’Homme,  de San Carlos, que su familia quiso vender la casa para acomodarse en otra y que Don Pipí vio la oferta en los clasificados, y fue interesado por la casa, pero les dijo que estaba muy cara, que si no se la vendían al precio que él  sugería, tenían que desistir de la venta y quedarse en ella.  Los Melo Sánchez, que ya se habían mudado a la otra casa, no tuvieron más opción  que regresar a su viejo hogar para evitar problemas con Don Pipi.
Don Pipí vivió en San Carlos en una casa ubicada entre la calle Abreu y la Montecristi y cuyo patio colindaba con la calle Pimentel, donde estaba la empresa “Codofalto”, propiedad de Pedrito Trujillo y dirigida por Guaroa Liranzo.  Al producirse la fuga de los Trujillo en 1961, la casa de Don Pipí fue invadida por varias familias. Igual que otras propiedades de la familia Trujillo, fueron vandalizadas.  La acumulación de gente que se mudó a la casona se le conoció después como “El barrio Don Pipí”.
De San Carlos “Don Pipí” se mudó a una mansión en la esquina de la Arístides Fiallo Cabral y José Desiderio Valverde, en la zona universitaria, que también fue objeto de vandalismo a partir del 20 de noviembre de 1961.
Existe una infinidad de cuentos y anécdotas sobre las ocurrencias de “Don Pipí”. Se dice que llegaba con los amigos a las frituras, comían sin control y a la hora de pagar sacaba un billete de alta denominación, de modo que el friturero no tuviera suficiente efectivo para devolverle; igual lo hacía en los colmados cuando compraba bebidas para sus parrandas.
Sobre Pipi nos contó el exteniente Luis M. Mateo, veterano del Ejército, que para 1958 se vio envuelto en un incidente con él en el paraje Rancho Arriba, de San Jose de Ocoa. En aquel apartado lugar “Mateito”,  con rango de sargento,  era jefe de puesto y un día al cuartel llegaron varios campesinos a poner una querella, porque en la gallera había un hombre de la capital que apostaba a las peleas y cobraba cuando ganaba, pero no pagaba cuando perdía. El sargento salió a investigar y confirmó que se trataba de “Don Pipí”, al que conocía, porque Mateíto había prestado servicios en la Hacienda María, una de las casas del dictador. El Sargento no arrestó a Don Pipí, pero le advirtió que informaría a sus superiores en San Cristóbal sobre el incidente, ya que los campesinos hicieron un reclamo de pago por las apuestas perdidas por Don Pipí.  A los pocos días, a Rancho Arriba llegó una patrulla del Ejército y se llevó preso al sargento Mateo a San Cristóbal, allí fue degradado y le echaron 30 días de arresto.  Luego le informaron que el castigo era “por manchar el honor de un miembro de la familia Trujillo”. La desgracia de “Mateito” se pudo resolver gracias a la intervención del mayor Juan Soriano, amigo íntimo de Trujillo y compadre del sargento, que al fin fue perdonado y su rango restituido.

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