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sábado, 28 de noviembre de 2015

Los bajaderos politicos con los muertos de la campaÑa

Este articulo escrito por Miguel Angel Cid Cid. se llama El orgullo de un culpable. Pensamos que quizas debio intitularse los bajaderos politicos con los muertos d ela campaÑa

  de noviembre de 2015 - 12:08 am -  1

Miguel Angel Cid Cid

Miguel Angel Cid Cid

Especialista en fortalecimiento y planificación institucional, con experiencias exitosas en RD y Haití. Experto en resolución de conflictos y capacitación de jóvenes y adultos. Creador e impulsor de la primera experiencia de presupuesto participativo en Villa González, República Dominicana, recorriendo decenas de municipios promoviendo iniciativas de planificación estratégica y participación socio-política a nivel local.
Montecristi, 1982. El hombre sacó su arma y, decidido, marchó en dirección a Juan Bosch. La seguridad notó de inmediato el inminente peligro. El líder político saludaba la multitud, desde el techo de un vehículo, ajeno a la amenaza. Todavía los rayos del sol de la tarde castigaban al gentío. César Latorre, jefe de seguridad, se le atravesó en el camino al hombre en procura de repeler el ataque. Pero el hombre continúo impertérrito su embestida. Todavía el ex presidente Bosch no notaba el peligro. Ni sospechaba lo que estaba a punto de ocurrir. El hombre apuntó con su revolver a la cabeza del líder. César, apuntándolo con su arma, y batallando por controlar sus nervios, le gritó con insistencia que retrocediera. El hombre no atinaba razón alguna. Entonces César apretó el gatillo y le reventó el pecho de un disparo.
Una acción de esta naturaleza puede ocurrir hasta en las mejores familias. Pero la dirigencia del partido se encontró con un problema. César Latorre era un hombre valioso, una figura histórica de la revolución del 65 y, al mismo tiempo, hombre de extrema confianza del presidente del partido y candidato a la Presidencia de la República. En el contexto, un hombre imprescindible.
El hecho, consecuentemente, ameritaba una decisión política. Por primera vez corría la sangre en una actividad del partido.
Se debía entregar al matador a la justicia. Había que buscar un culpable.
Atendiendo a esa necesidad, el líder pronto convocó el Comité Político de su organización. “Hay  que buscar una salida a la situación. La decisión debe ser satisfactoria para la justicia dominicana. Y al mismo tiempo, tiene  que consolidar en el electorado la idea de que este es un partido organizado y responsable. Lo que hagamos, debe incidir en los resultados electorales y profundizar la confianza de la gente en nosotros”, acotó el maestro de la política en la apertura de dicha reunión.
El PLD entonces distinguía como un partido disciplinado. Actuaba ajustado a métodos de trabajo que funcionaban como mecanismos de relojería. El estándar ético, en el ejercicio político, era alto y sólido. Esa idea primaba, dominando el imaginario del electorado dominicano.
La motivación breve y concisa del líder opositor, sacó a flote, como por acto de magia, el nombre de José Antonio Martí. Su perfil, su rol en la caravana, y su presencia en el dramático incidente. Ahí estaba lo que se buscaba. Un perfecto culpable.
José Antonio, en aquel tiempo, era un compañero del partido del interior del país. Sin demasiada relevancia partidaria acumulada, pero tenía la condición de ser amigo entrañable de Norge Botello Fernández, miembro del Comité Político. Él era un simple y rudo productor agrícola.  De temperamento fuerte y de acciones repentinas e impredecibles. No tenía control de sus emociones y era célebre por su carácter a ratos violento. En la caravana de Montecristi pertenecía al cuerpo del orden del partido.
La tarea se encomendó, por razones lógicas, al Comandante de la Revolución, Norge Botello. De modo que Botello, por encargo de su organismo, llamo a José para comunicarle la decisión. El Comité Político decidió que usted, compañero José, debe declararse culpable de la muerte del sujeto que intentó disparar al compañero Bosch.
José asumió con disciplina partidaria la encomienda. Y hasta sintió orgullo por ser tomado en cuenta por el líder del partido y por su entrañable amigo.
Se sacrificó dos duros años en prisión. Al salir de la cárcel se convirtió en un protegido del presidente de su partido. Su leyenda brava se difundió como pólvora: “ese fue el que mató al enemigo del líder en Montecristi”, decía la militancia, en voz baja, al verlo entrar a las reuniones.
El culpable henchía el pecho de satisfacción, cuando notaba que sus compañeros apreciaban su heroísmo.
Nota: algunos nombres de esta historia real fueron cambiados.

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