Lo de Venezuela es un gigantesco desastre porque nadie sabe cómo salir de semejante encrucijada. Todos planteamos la devolución de la calidad democrática de forma urgente pero sin una hoja de ruta que resulte verosímil.
Los demócratas lo que pedimos es justicia, pero una dictadura no lo entiende, cree en esa forma violatoria de todo como su forma de existir. La causa superior de la revolución, entienden ellos, lo amerita. Por eso nunca hubo una democracia real en Venezuela, siempre fue una ficción sostener semejante asunto. Votos había, pero excesos y desmanes también.
El proceso de negociación de los últimos meses con el aval de los ex presidentes ha estado fracturado desde la propia oposición con críticas a sus negociadores. No arrancó demasiado bien, digamos la verdad.
Lo que estamos viviendo ahora es algo así como sostener olímpicamente que unos delincuentes deben deponer las armas, dejar de robar y abandonar la violencia porque los demócratas mundiales tenemos razón. Pero las cosas no son así en política. Aunque duela, hablemos de la realidad. Pasémoslo a la vida en sociedad: ¿es posible convencer a un ladrón o a un homicida de que dejen de actuar de esa forma en el momento en que están acometiendo esos actos? ¿No suena algo naíf el planteo?
En los hechos, el Gobierno militar de Nicolás Maduro es una dictadura travestida de momentos incomprensibles (porque las élites militares que supuestamente lo apoyan están en conflicto permanente), pero aún posee el recurso de la fuerza como motor principal de su legitimidad. Repito: el uso de la fuerza. O sea, ese país no tiene un cuerpo electoral que le convalide nada al Gobierno, no tiene a la comunidad internacional que le reconozca casi nada, sólo tiene un grupo de militares parapetados en el poder que hacen y deshacen, que roban, se corrompen, violan los derechos humanos y están por fuera de toda legalidad básica. ¿A esa gente, de esa calaña, se le está "ordenando" que abra el camino de las urnas y que se vaya tranquilamente a su casa a esperar que luego se la irá a buscar para encerrar por los desmanes cometidos? ¿Estamos hablando en serio?
El sistema institucional venezolano está tan corrompido que hasta lo que dice llamarse la "Justicia" está sometido a los designios de los que tienen las armas. Ver otra cosa es no ver la realidad. Los usaron para amagar un golpe de Estado absoluto y a las horas los devolvieron a su lugar patético (de golpe de Estado básico con Parlamento cojo y libertad de expresión a sorbitos), porque el sueño de la desaparición del Congreso ante el mundo era una mala señal y se habían pasado de listos. Tampoco se puede afirmar que la oposición venezolana está a la altura de las circunstancias, allí se tejen miserias, ambiciones y perfilismos que denotan cierta incomprensión de la hora y, para peor, no siempre están unidos. Es verdad, hay liderazgos meritorios, pero no son demasiado abundantes. Digamos también esta evidencia.
El Mercosur, con su letanía de siempre, emite algunas declaraciones, pero es tan cuidadoso (y algunos tan cínicamente interesados) que sus manifestaciones no motivan. Los países vecinos prefieren criticar con giros diplomáticos porque todo los afecta en términos de consecuencias migratorias. Las naciones que hacen negocios con el petróleo venezolano levantan la voz pero sin demasiada estridencia. Estados Unidos con Donald Trump algo eyecta, pero como el presidente norteamericano es una máquina mediática de hablar de todo y contra todos su crítica no resultó relevante. La Europa actual tampoco es el reinado de los liderazgos éticos, por lo que sus quejas no resultan significativas como lo eran hace una década. El Vaticano no ha tenido la severidad que se requeriría; es más, es probable que para muchos haya estado liviano con Nicolás Maduro. Solamente la Organización de los Estados Americanos (OEA) se manifestó con cierto jacobinismo y se puede decir que ha actuado a la altura del relato democrático regional. Alguien tenía que cantar las cuarenta, aunque con eso no alcanza para democratizar un país. Igualmente todo ha sido declaraciones, climas, contextos, mientras la realidad es una Venezuela aguantando con capacidad militar para resistir y económica para no defaultear (aún). Allí se juega el partido, como siempre, entre las armas y los dólares. Todo lo demás es ficcional.
Hablemos entonces de realismo: ¿hay que seguir empujando al precipicio a sus dictadores para que se vayan? ¿No se nos ocurre alguna salida distinta, más gradual, menos riesgosa en términos de ríos de sangre? ¿No habrá alguna posibilidad de reinstalar la mesa de negociación con comisión para la verdad, cronograma electoral, normalización institucional y un plan económico básico para un tiempo prudente hasta reinsertar al país en un cauce lógico? ¿Todos los que se sienten a negociar con el Gobierno serán considerados traidores a la patria y mandaderos del régimen? ¿Pero cómo se pretende entonces que los ex presidentes Martín Torrijos, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González echen una mano de esa forma? Si no hay quién se introduzca y negocie una salida política, no habrá otra opción que el pueblo en las calles y el pueblo en las calles siempre termina perdiendo. Esto es una ley.
No estoy ni cerca de plantear una amnistía o un perdón parcial ante todos los excesos cometidos por los violadores de los derechos humanos. Sabemos que el Tratado de Roma es un avance al respecto en relación con los delitos de lesa humanidad que son imprescriptibles. Pero algo hay que hacer.
En la medida en que al régimen venezolano se lo acorrale más, se lo asfixie más, es seguro que caerá, pero es seguro también que caerá asesinando, incendiando y convocando a una destrucción dramática para marcar a fuego su extinción. ¿Acaso no se observa eso? ¿O hay algún ejemplo de dictadores arrepentidos en algún lugar? Hay que ambientar espacios para que haya transición real, de lo contrario no habrá opción si no es violenta.
Por eso resultaba (¿resulta?) importante que las misiones externas de los ex Presidentes empujaran la salida democrática. Por eso los visitantes tenían que colaborar con cronogramas de salidas negociadas. Por eso esos pactos de transición son trabajosos, complejos, donde todos dejan asuntos relevantes en el camino en aras de un interés superior (la paz y la democracia), porque eso es siempre menos costoso que la revolución callejera con mártires y dolor colectivo.
A esta altura solamente queda pensar que algún sector interno del mundo militar venezolano que sostiene la dictadura se abra por una tangente y empuje alguna situación hacia la apertura. Con ellos habría que hablar si es que tienen la capacidad de reorientar al régimen hacia el camino democrático. Henrique Capriles en algún momento pareció comprender eso. Claro, se requiere madurez, inteligencia, coraje y responsabilidad. No siempre es fácil alcanzar semejantes objetivos cuando se lidia con gente como la que manda hoy en Venezuela y con algunos opositores que no parecen tener la altura y la habilidad que la hora requiere. Pero eso es lo único que evita el desastre.
Si alguien conoce otra fórmula, que la cuente. Yo no conozco otra.
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