Esta ‘democracia moderna’ que Alberto Fujimori reclama el dudoso privilegio de ser su ‘arquitecto’, hace agua por la sensación creciente de que en todos los niveles del Estado se han instalado mafias con estructura de crimen organizado.
Las mafias establecidas en el Callao alrededor de los gobiernos regional y municipales son evidencia de que los puestos públicos en el primer puerto del país son, desde hace mucho tiempo, plataformas para robar.
La condena al ex presidente regional y alcalde Alex Kouri, y el proceso a Félix Moreno por, supuestamente, recibir sobornos de Odebrecht, son evidencia de que Chimpun Callao parece una plataforma criminal.
La detención del alcalde de Chilca Richard Ramos por ser un capo de una red criminal instalada en el sur chico para el tráfico de terrenos que disponía de sicarios y extorsionadores, vinculada a las mafias de construcción civil, es otra expresión del grave deterioro que ocurre en el país.
Un caso similar, quizá a escala mayor, es la red que operó en la región Áncash con autoridades corruptas como el gobernador César Álvarez o el alcalde de Huaraz Waldo Ríos.
Sin ir muy lejos, el San Juan de Lurigancho de Carlos Burgos constituye otra expresión de la instalación de esquemas de crimen organizado.
De Chilca al Callao, y de Huaraz a San Juan de Lurigancho, estas mafias necesitan establecer una arquitectura de corrupción que pasa por varios elementos comunes.
Primero, conexiones con políticos de primera importancia nacional. El expresidente Alan García, por ejemplo, siempre tuvo relaciones cercanas con gente como Burgos o Kouri y las autoridades chalacas.
Segundo, sistemas de financiamiento electoral derivados de las mafias conformadas a su alrededor con el fin de preservar en el tiempo el esquema de corrupción.
Tercero, desde el Callao hasta Áncash, medios de comunicación cercanos a la autoridad pública, los cuales reciben financiamiento formal e informal a cambio de hacer eso que se llama ‘buena prensa’ que funciona como biombo para la corrupción.
Cuarto, intermediarios ‘empresariales’ que, como en el Callao, aceitan el proceso para vincular al interés económico con la autoridad gracias a buenos contactos con el poder y los medios de comunicación.
Y, por supuesto, en toda esta arquitectura no escapa que Palacio de Gobierno ha sido otra plataforma crucial de corrupción en el Perú. En los tiempos modernos, de Alberto Fujimori a Alejandro Toledo y ya vamos a ver a quiénes más.
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