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PARAQUENOSEREPITALAHISTORIA .Para los interesados en el tema y los olvidadizos de sus hechos, aquí están para consultar múltiples artículos escritos por diversas personalidades internacionales y del país. El monopólico poder de este tirano con la supresión de las libertades fundamentales, su terrorismo de Estado basado en muertes ,desapariciones, torturas y la restricción del derecho a disentir de las personas , son razones suficientes y valederas PARA QUE NO SE REPITA SU HISTORIA . HISTORY CAN NOT BE REPEATED VERSION EN INGLES

lunes, 25 de noviembre de 2019

Trujillo contra las hermanas Mirabal: Minerva tuvo que rogar para que le permitieran ir a la Universidad (1)

Foto: Minerva Mirabal en la época de estudiante acompañada de una amiga.
Minerva Mirabal nació en 1926 y veinte años después ya se había graduado de bachiller en Filosofía y Letras. En 1949 comenzó a tener problemas con el régimen y en 1952 se inscribió en la Universidad de Santo Domingo para estudiar la carrera de Derecho; pero cuando llegó el momento de reinscribirse para cursar el segundo año, en 1953,  las autoridades de la Universidad se negaron a aceptarla como estudiante, para complacer la voluntad del tirano, pues a ella se le sindicaba como opositora a la dictadura y de profesar ideas comunistas.
Minerva Mirabal se graduó doctora en derecho “Summa Cum Laude” el 28 de octubre de 1957. A su lado el doctor Manuel A. Tavárez Justo
Como queda establecido en la carta del 9 de octubre  pero publicada en el  periódico El Caribe, del 20 de octubre de 1953, hasta que Minerva no le rogó a Rafael L. Trujillo diciéndole que acudía a su “generosa protección” y que depositaba en sus manos la “solución del problema” y le expresaba su decisión de mantenerse “a la vanguardia” de su fila  “espontáneamente”, haciendo gala de su “hondo fervor trujillista”, no se le permitió continuar su carrera de abogada, la que concluyó el 28 de octubre de 1957 graduándose con las máximas calificaciones y honores otorgados en esa disciplina, Summa Cum Laude.
En una “aclaración” colocada al pie de la carta publicada, el jefe de redacción del diario matutino puso la nota que delataba la persecución política de que era objeto: “En fuentes que le merecen entero crédito a EL CARIBE se ha podido saber que el hecho a que se refiere la estudiante Minerva Mirabal, tiene sus raíces en las comprobadas conexiones que ella mantenía con dirigentes del Partido Comunista y con agentes al servicio de Moscú en la zona del Caribe».
En 1960, el 25 de noviembre, el temible Servicio de Inteligencia Militar (SIM)  y por orden expresa del “generalísimo”, la asesinó junto a dos de sus hermanas y al chofer Rufino de la Cruz que le sirvió de acompañante para viajar a Puerto Plata, lugar donde permanecían prisioneros los esposos.
Así era de perverso Trujillo. A Minerva Mirabal el dictador intentó robarle su  derecho al estudio, la confinó en lejanos pueblos apartándola de sus familiares,  la encarceló varias veces torturándola, a ella y a su esposo, en la cárcel clandestina de La Cuarenta, y después de siete años de persecución y acoso  le robó la vida el 25 de noviembre de 1960.   
En relación a la difícil situación enfrentada por Minerva Mirabal en relación a sus estudios de Derecho, insertamos a continuación el texto completo de la carta enviada por Minerva Mirabal a Rafael L. Trujillo, hecha publicar en El Caribe  por orden expresa del dictador. El original del 20 de octubre de 1953, se encuentra a disposición de los  interesados en la colección de periódicos en del Archivo General de la Nación
“Estudiante de Derecho hace exposición al Generalísimo”.
«Una estudiante universitaria de Ojo de Agua, Salcedo, ha dirigido al Generalísimo Trujillo “una exposición y una súplica” en vista de que, según expresa en su carta al Benefactor de la Patria, se le “niega la entrada a la Universidad” este año.
La carta que Minerva Mirabal, estudiante de la facultad de Derecho, ha enviado al Generalísimo Trujillo se reproduce textualmente a continuación:
Ojo de Agua, Salcedo, Octubre 9 de 1953.
Minerva Mirabal acompañada de dos amigas.
Generalísimo Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina,
Benefactor de la Patria,
Ciudad Trujillo.
Ilustre Jefe:
Tengo el honor de saludar a Vuestra Excelencia en ocasión de dirigirle una exposición y una súplica.
El pasado año escolar estudié en la Universidad el primer curso de Derecho. Tuve siempre la intención de escribirle para manifestarle mi gratitud por disfrutar, al amparo de nuestra gloriosa Era, del inmenso beneficio que significaba la realización del ideal de toda mi vida.
Facsímil del periódico El Caribe del 21 de octubre 1953 en que aparece la carta de Minerva Mirabal dirigida a Trujillo.
No lo hice porque con una timidez ingénita en mi creí molestaros. Este año con dolor y sorpresa me he enterado que se me niega la entrada a la Universidad y acudo a vuestra generosa protección y me atrevo a depositar en vuestra mano omnipotente la solución de mi problema. Espero que Vuestra Excelencia tenga conocimiento de que mi conducta nada ha dejado que desear, porque a ello se han encaminado mis más sinceros esfuerzos. Las pruebas, luchas e incomprensiones, compañeras inseparables de mi juventud, me atrevo a decirlo sin jactancia, se han convertido en experiencias, en anhelos de superación que deposito a vuestras plantas, rogándoos acogerles con vuestra generosidad característica, y consideración ahora y siempre a la vanguardia de vuestras filas, sincera y espontáneamente, llena de hondo fervor trujillista.
Al presentar mis respetos al nuevo gobernador de la provincia, señor Luis Guzmán Taveras, le he rogado no olvidar que para cualquier manifestación, para cualquier discurso, en momento oportuno, estoy incondicionalmente a sus órdenes para contribuir con mis humildes palabras al enaltecimiento de vuestra egregia persona.
Me despido, Excelencia, recordando que en el mundo moral como en el mundo material nada se pierde; no se perderá la simiente de vuestra bondad, os lo juro! Crecerá y florecerá en la sinceridad entera y en la gratitud inmensa de vuestra humilde servidora.
(Fda.) Minerva Mirabal.
N. de R.- En fuentes que le merecen entero crédito a EL CARIBE se ha podido saber que el hecho a que se refiere la estudiante Minerva Mirabal, tiene sus raíces en las comprobadas conexiones que ella mantenía con dirigentes del Partido Comunista y con agentes al servicio de Moscú en la zona del Caribe». (El Caribe, 20 de octubre de 1953).

miércoles, 20 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (4)



José Arismendy Trujillo Molina, alias Petán.
Por Pedro Conde Sturla 
Petán era un personaje surrealista. Una pesadilla viviente. Como quien dice un cruce entre maco y cacata. Verlo llegar a un sitio con su séquito de matones y su habitual prepotencia era como ver al diablo o como si el diablo lo viera a uno. Nadie se sentía tranquilo en su presencia, como tampoco en presencia de su hermano Chapita.
Chapita inspiraba un terror frío, incluso entre sus más cercanos colaboradores. Terror de etiqueta y protocolo. Chapita pretendía ser un aristócrata, un árbitro de la elegancia, un tipo refinado (hasta que le salía el cobre y se ponía en evidencia). Petán era un afrentoso. Petán inspiraba miedo y desprecio a la vez. Era un tipo prepotente, descuidado en el vestir. Disfrutaba humillando a las personas, un poco igual que el hermano, pero Petán era un tipejo de maneras burdas, alguien que vivía insultando, repartiendo bofetadas por cualquier nimiedad o con cualquier pretexto. Un buscapleitos.
En lo que ninguno difería ni difería ninguno de los hermanos era en lo que respecta a la vocación familiar, la inclinación o interés por una peculiar forma de vida. En menor y mayor medida, todos compartían la condición de depredadores. Y sobre todo la condición de depredadores sexuales.
Petán no sobresalió ni podía sobresalir más que por su bajeza moral e intelectual, y, sin embargo, fue el único de los Tujillo Molina que logró construir un reino en miniatura a imagen y semejanza del que había creado su hermano, el generalísimo y padre de la patria nueva. Quizás de alguna manera superó incluso el modelo original en relación a cierto tipo de control con el que mantenía sojuzgada a la población. Ambos, la bestia y la bestezuela, tenían un equipo de alcahuetes que le procuraban mujeres (una especie de tributo para los minotauros criollos), pero Petán llegó a ejercer un control inaudito sobre el destino de las doncellas y los familiares de las doncellas que poblaban sus tierras.
Nada era más humillante y denigrante en Bonao que el trato que Petán dispensaba a las mujeres, sobre todo si eran mujeres de buen ver. De hecho las familias que tenían hijas bonitas vivían en un estado de permanente zozobra, sin poder esconderse ni escapar. Petán no solamente se daba el lujo de apropiarse, tomar posesión o hacerse dueño de cualquier moza o jovenzuela, mancillar o malograr la honra de las muchachas en flor que se le antojaran, sino que se arrogaba derechos de patria potestad sobre hijas que no eran suyas. Para muchas jóvenes -dice Crassweller- era prácticamente imposible casarse sin el permiso de Petán.
Para casarse en Bonao, una joven agraciada debía contar ocasionalmente con el visto bueno de Petán o disponerse a ser pasada por las armas, a pasar por el lecho del general. Petán ejercía muchas veces o cobraba de hecho una especie de derecho de Pernada, derecho a la primera noche, el derecho a la virginidad de todas las féminas que reclamaran su atención. Las convertía a veces, siguiendo el ejemplo del hermano, en concubinas antes de permitirles casarse u ofrecerlas en matrimonio a sus fieles una vez que había saciado su lujuria.
La biografía del feroz José Arismendy Petán -como se ha dicho y repetido tantas veces- se resume en una serie de asesinatos, violaciones y sobre todo estupros. Igual que a su hermano Chapita, a Petán no le importaba ni respetaba la condición social de sus víctimas, pero ejercía mayor autoridad y causaba más estragos entre las más humildes.
La vida de orgiástico desenfreno y excesos, vicios y abusos de poder a la que se entregó Petán durante casi toda la era gloriosa, es algo fuera de serie, digno de antología. Una orgía perpetua. La orgía del poder. Una permanente embriaguez de poder. Esos vicios y excesos lo llevaron, según se dice, a la impotencia más o menos prematura. Se convirtió más o menos en eunuco. Pero era tan sádico y perverso que nunca dejó de fastidiar a las mozuelas. Lo que no podía hacer de otra manera lo hacía con los dedos o cualquier instrumento. Disfrutaba humillando, maltratando, causando sádicamente dolor y vergüenza, haciendo daño, malogrando, desflorando manualmente doncellas que eran a veces casi niñas.
En compañía de sus socios, Petán se inmiscuía en todos los asuntos, era el centro de atención, atraía todo el interés de la comunidad, era el ídolo indiscutible, la prima donna, el hijo adoptivo de Bonao. Para engrasar su ego fundó una emisora radial: la voz del Yuna, su mayor titulo de gloria. Pero Chapita se sintió celoso y lo obligó a trasladarla a la capital.
El mando lo ejercía despóticamente, en una atmósfera enrarecida, viciada por el halago, el servilismo denigrante de los más viles, abyectos, sumisos y rastreros cortesanos.
Sus informantes le mantenían al tanto de todo lo que sucedía, le informaban hasta de la más insignificante actividad social, le hablaban de la gente que venía y salía del pueblo, del lugar donde se reunían de vez en cuando a comer los médicos del hospital regional, de la persona que los invitaba. También era capaz de provocar una trifulca en terreno ajeno, de intervenir en un altercado entre dos jugadores de pelota durante un partido que tuvo lugar en la capital, bajar al terreno con su séquito de matones, propinar una cobarde bofetada a un jugador extranjero y crear una crisis en la que tuvo que intervenir la bestia para calmar los ánimos.
Los negocios turbios engrosaban sus arcas, se apropiaba de cualquier empresa que considerara rentable, de cualquier inmueble que le gustara. Chapita le concedió el monopolio de frutos menores, la exportación y comercio de huevos, granos, guineos y aves. Sus guardias obligaban a los campesinos a vender sus productos a precios medalaganarios. Dice Almoina, y decía toda la gente, que la cosa se llevó al extremo de que el campesino que salía a la carretera y no entregaba sus productos a los esbirros de Petán aparecía muerto.
También se dice, y no hay razones para dudarlo, que a los peones de sus fincas, a los cuales pagaba una miseria, los enganchaba a la guardia sin que ellos lo supieran y se embolsillaba discretamente el salario, que triplicaba lo que recibían.
Más temprano que tarde, el robo de tierra lo convirtió en uno de los principales hacendados del país y llegó a tener dos grandes fincas, Rancho Caracol y Hacienda Madrigal, que se convirtieron en modelo de organización y en motivo de humillación para los médicos.
Petán no entendía según parece la diferencia entre un profesional de la medicina y un veterinario. En varias ocasiones, y por absurdo y arbitrario que parezca, acudió a los servicios de los médicos del hospital regional, incluso del director en algunos casos, para que asistieran a las vacas y yeguas durante los partos difíciles. No sólo los degradaba, los denigraba, los insultaba: también los hacía trabajar bajo severas amenazas en caso de que la parturienta sufriera algún percance. Los médicos protestaban, seguramente, alegaban ignorancia, se declaraban incapacitados para realizar la labor que se les encomendaba, pero Petán quizás tampoco entendía la diferencia entre una vaca, una yegua preñada y una mujer encinta..
((Historia criminal del trujillato [41]. Cuarta parte).
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BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Después de un 18 de noviembre de sangre, vivieron tranquilos para siempre

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Por Carmen Imbert Brugal 
Inmediatamente llegó la guagua, León Estévez, el hermano del marido de Angelita, ordenó que bajara a Pedro Livio Cedeño. Bajó, lo agarró por un brazo y lo condujo muy de pronto donde lo aguardaban Ramfis, el otro León Estévez, marido de Angelita y Sánchez Rubirosa (…). Después, del mismo modo que fue a buscar a Livio Cedeño, siguió buscando a los demás llevándolos uno por uno y así también los iban matando de la misma forma…”
“El asunto fue bastante rápido” continúa Américo Dante Minervino, comandante de La Victoria, declarando al Juez de Instrucción de Jurisdicción Nacional, relatando el crimen cometido con júbilo y convicción, en la Hacienda María, el 18 de noviembre del año 1961.
“Cuando sacaban a los héroes para matarlos llegó una guagüita, con dos oficiales de la Aviación a quien no conozco pero que Jorge Moreno y Dislasi lo conocen porque ellos hablaron, o mejor dicho llamaron a esos oficiales por los nombres de Careto y Collado. Jorge Moreno y Disla dieron órdenes a esos oficiales para que se llevaran los cadáveres, de manera que ellos son los que saben que hicieron con ellos…(Emilio Rodríguez Demorizi- editor Bernardo Vega; EL Crimen de Hacienda María-Museo Memorial de la Resistencia Federación de Fundaciones Patrióticas)
El esbirro confiesa como, para cumplir con el plan diseñado por Jorge Moreno, además de enviar al Palacio de Justicia de Ciudad Nueva a Pedro Livio Cedeño, Salvador Estrella Sadhalá, Huáscar Tejeda Pimentel, Luis Manuel Cáceres Michel, Roberto Pastoriza y Modesto Díaz, sobrevivientes de la conjura y del atentado contra el tirano, perpetrado el 30 de mayo del 1961, mató a tres rasos de la PN, para cumplir con la farsa de la fuga de los presos solicitados. Alegó que tuvo que matar a los tres señalados porque el coronel lo amenazó con quemar a su familia si no cumplía la orden (a pesar de imputaciones sucesivas la familia de Jorge Moreno ha negado su participación en los hechos).
La violencia ha marcado la historia criolla. Las personas que ahora, alarmadas, pretenden, con ínfulas de descubridores y vengadores cívicos, mencionar olas de violencia, brotes, como si de epidemia se tratara, yerran por desconocimiento y oportunismo. El padre de la Patria Nueva, inauguró la satrapía con el asesinato de Virgilio Martínez Reyna y su esposa, embarazada, Altagracia Almánzar. Es el cortesano que escribe en sus Memorias que “aquel acto de brutalidad increíble -acto inicuo dice- inicia el terrorismo político de la Era de Trujillo” (página 105, Memorias de un Cortesano en la Era de Trujillo. Joaquín Balaguer).
Desde Hacienda María, Ramfis, luego de la macabra hazaña, tranquilo, salió del país para nunca más regresar. En el 1962 el Procurador General de la República, designado por el Consejo de Estado, Antonio García Vásquez, inició el proceso para la extradición de Ramfis Trujillo Martínez y sus cómplices.
El 4 de febrero de 1965, la Primera Cámara Penal condenó en contumacia, a 30 años de trabajos públicos, acusados de ser los autores materiales del crimen de Hacienda María, a Rafael L. Trujillo Martínez, Gilberto Sánchez Rubirosa y Luis José León Estévez (Pechito). Como cómplices, fueron condenados Alfonso León Estévez, Fernando A. Sánchez (Tunti) y Federico Cabral Noboa. Américo Dante Minervino también fue condenado por el asesinato de los tres rasos de la Policía Nacional, cometido el 18 de noviembre de 1961. Ninguno cumplió la condena impuesta, contra ninguno hubo alguna vez repudio. Los hermanos León Estévez se pavoneaban por las calles, clubes, iglesias, tertulias de la capital. No hubo gritos en su contra ni escupitajos. Piadoso, “Pechito” oraba con los feligreses de la Parroquia Arroyo Hondo. Se suicidó en mayo del 2010, su hermano Alfonso, luego de la quiebra de su financiera hizo lo mismo en el 1988. Hoy se cumplen 58 años de aquella atrocidad impune. La indiferencia reduce cada año el obituario y la asistencia a los actos conmemorativos. Y aunque muchos pretenden que no hay lugar para el reclamo, sería culpable el olvido.

sábado, 16 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (3)

Es posible que Trujillo no haya tenido nunca un rival, un enemigo potencial tan insidioso como su hermano Petán. José Arismendy Trujillo Molina, alias Petán, el tristemente famoso Petán.
Desde la escuela primaria había ganado fama de indisciplinado, desde su temprana juventud se había dado a conocer como cuatrero y en más de una ocasión estuvo preso por asesino y ladrón. Tenía, en fin todas las cualidades que caracterizaban al resto de sus hermanos, pero exacerbadas en grado extremo de una manera más burda, desenfrenada en grado extremo.
Era lo que se llama un incordio, en el amplio sentido de la palabra. Un bruto, un tipo retorcido, pustulento, vulgar, tóxico y podrido, traicionero, taimado, desvergonzado, intrigante, licencioso, un disoluto carente de todo tipo de escrúpulos, de freno moral, una persona, execrable, abyecta, intratable, insoportable, un lujurioso incurable, un violador, un abusador y un cobarde, como todos los abusadores. Y sobre todo desleal, traicionero, indigno de confianza. El peor de todos en muchos sentidos, como lo califica Almoina.
José Arismendi Trujillo (Petán)
La bestia tuvo problemas con él casi toda la vida, y los problemas se agravaron desde que llegó al poder. En una ocasión  lo nombró miembro de su cuerpo de ayudantes, quizás con el propósito de mantenerlo a soga corta y poderlo vigilar de cerca. Pero muy pronto tuvo que arrepentirse. Petán se valió de su posición y su apellido para cometer todo tipo de trapacerías: cometer fraudes, expedir cheques sin fondo, falsificar documentos, estafar incautos. La inconducta de Petán enlodaba el buen nombre de  Chapita y éste se vio personalmente obligado a tomar medidas y lo expulsó deshonrosamente de su cuerpo de ayudantes, lo expuso a la pública vergüenza, la vergüenza que Petán ni tenía ni sentía.
Tiempo más tarde, en el año de 1935, Petán se ofendió con un funcionario que se negó a autorizar una transacción inmobiliaria que no cumplía con los requisitos legales correspondientes y le machacó a culatazos la cabeza con la pistola. El hombre fue a dar con pronóstico reservado al hospital, y el hecho volvió a provocar el enojo de su irascible hermano, pero no sería la última vez.
Petán decidió en algún momento alejarse prudentemente de los dominios del sátrapa en la capital y fundó su propio reino en Bonao. En esas tierras estableció lo que todo el mundo ha llamado un régimen feudal, reinventó el feudalismo, con un margen apreciable de autonomía.
Los hermanos Trujillo tenían en común, entre muchas otras cosas malas y otras peores, el amor a la tierra, a la tierra de otros sobre todo. La tierra ajena. No les gustaba pagar y no pagaban por ella, se adueñaban de alguna manera de una parcela, una porción de terreno y se iban expandiendo a costa de los vecinos, matando y amenazando, o ambas cosas, chantajeando, extorsionando, aterrorizando a los dueños por todos los medios posibles hasta que abandonaran sus propiedades o las cedieran por cifras irrisorias. A veces se expandían por una misma región y terminaban convirtiéndose en vecinos, como Chapita y Aníbal y el mismo Negro Trujillo que llegó a tener una de las más grandes y mejores propiedades de la familia y del país.
Pero Petán no se conformaba con riquezas y tierras, tenía un hambre mayor y mayor sed de poder, un deseo morboso de admiración y respeto y reconocimiento que por alguna razón creía merecer. Para satisfacer sus bajos instintos, empleó con éxito todas sus malas artes: instintivamente quizás supo canalizar sus ambiciones por el camino correcto y se hizo dueño de Bonao, de la Provincia Monseñor Noel, a unos sesenta kilómetros de la capital. Algo que le garantizaba hasta cierto punto mayor libertad de movimientos. Allí estableció durante casi treinta años un régimen de pesadilla, un gobierno doblemente opresivo, como decía la gente, una doble tiranía, la del generalísimo Chapita y la del general Petán. La villa de las Hortensias, como le llamaban entonces a Bonao, poéticamente, se convirtió en la villa del permanente desasosiego.
De la noche a la mañana, a base de pescozones, bofetadas, culatazos, expropiaciones, violaciones, abusos de todo tipo y ejecuciones, el petánico patán se convirtió en un señor reverenciado y sobre todo temido y aborrecido. Ya no era un simple cuatrero, un violador y asesino y asaltante de camino, era un señor de horca y cuchillo con uniforme de general. Alguien que se desplazaba en vehículos de lujo con un cuerpo de ayudantes civiles y militares que ponían distancia entre él y los comunes mortales que poblaban el mundo. Seguía siendo en el fondo y en la misma superficie un simple cuatrero, un violador y asesino y asaltante de camino, pero con título de general, uniforme de general y aires de nobleza, aires de dueño y señor. Eso cambiaba todo.
Era dueño y señor de Bonao y ejercía el poder en con mano de hierro, aunque también trataba de parecer simpático, de parecer culto y afable, de parecer poeta y declamador y orador. Cuando no estaba ocupado cometiendo alguna fechoría, fingía ser un mecenas, un padre para los pobres y necesitados. Nada sucedía en Bonao sin su consentimiento. Estaba al frente de todas las empresas, era el que inauguraba todas las construcciones, era el que construía las calles, el ispirador y el ejecutor de todas las obras de bien social, era miembro de todos los clubes, era el alma de todas las fiestas, era propietario de las mejores tierras y era prácticamente el dueño de todas las mujeres o pretendía serlo.
(Historia criminal del trujillato [40]. Cuarta parte).
BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”.
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

jueves, 14 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias 2. !Ah los trujillos!



Foto familiar de Julia Molina con un hijo de Angelita en brazos.
La bestia logró mantener a raya a sus hermanos con medidas draconianas que incluían la deportación, el privilegiado exilio en un cargo diplomático, como el que le tocó sufrir a Virgilio Trujillo, pero también prisión y amenazas de muerte o la muerte misma en el peor de los casos. Es posible (y esto se ha dicho y repetido muchas veces) que en más de una ocasión haya ordenado, en uno de sus frecuentes accesos de rabia, ejecutar a Petán o Aníbal, e incluso a su propia esposa cuando ésta se ponía de imprudente a seguirlo para tratar de sorprenderlo con alguna de sus amantes y exigirle fidelidad.
Las bestia tuvo problemas con sus hermanos, hermanas, con su mencionada y abnegada esposa, María Martínez de Trujillo, con su hija Flor de Oro y su adorado hijo mayor, que no servía para nada, pero los dos parientes que le dieron más quebraderos de cabeza fueron Petán y Aníbal, dos personajes luciferinos que no hubieran vacilado en romperle el pescuezo para ocupar su lugar si la oportunidad se hubiese presentado, o si hubieran tenido el valor de aprovecharla.
Se sabe que, en una ocasión, la bestia ordenó a sus guardias disparar, quizás metafóricamente, contra el automóvil en que se desplazaba María Martínez si se aparecía en el lugar donde estaba cumpliendo con su deber de padrote de la patria. Se sabe que ordenó tajantemente al temible general Fausto Caamaño ejecutar a su hermano Aníbal y a los militares que estaban a su servicio.
Se sabe que más de una vez ordenó que le trajeran a su hermano Petán vivo o muerto.
Se conocen, por otra parte, detalles del dilema, el terror a que se enfrentaban los oficiales que recibían órdenes tan peligrosas de cumplir como incumplir. El drama que representaba para cualquier matarife (para cualquiera que supiera que la sangre al final pesa siempre más que el agua), obedecer al pie de la letra un mandato que en cualquier caso representaba para el ejecutor una especie de suicidio.
La solución salomónica en esos casos era acudir a la residencia de la excelsa matrona, presentarse con discreción en la casa donde vivía Mamá Julia, la madre de los Trujillo, el lugar que muchos llamaban el refugio o la embajada.
Julia Molina era un ser extraordinario.
Su única ocupación era dejarse amar, dejarse adorar como una santa de altar.
No tenía inquietudes intelectuales, políticas o filantrópicas y mucho menos culturales, pero le había dado a la patria la más fecunda cosecha de su vientre.
Entre 1888 y 1908 había tenido incontables partos, doce hijos e hijas, de los cuales, casi milagrosamente para aquel tiempo y lugar, sólo uno no sobrevivió. Con su trabajo de costurera proveyó el sustento de las once restantes criaturas, las crió en la pobreza con labor tesonera, con la poca ayuda que recibía de su inútil marido, con ayuda quizás de vecinos y amigos y el milagro cotidiano.
Pero sus sacrificios fueron recompensados. Su hijo Rafael, al que apodaban Chapita, llegó en 1930 al poder y la vida de la familia se convirtió en un cuento de hadas. La patria agradecida y sobre todo sus hijos la colmaron de honores.
La deuda que con ella había contraído el país era impagable.
No por nada le decían Mama Julia, no por nada se había hecho acreedora al título de excelsa matrona, no por nada había sido reconocida como Primera Dama de la República y sobre todo como Primera Madre dominicana. No por nada una provincia, parques, calles, escuelas se honraban con su nombre y con sus bustos egregios. Mamá Julia vivía en un palacio donde no cabían las flores y regalos, los incontables parabienes, los infinitos mensajes de amor y agradecimiento que a diario le enviaban funcionarios civiles y militares de todas las posibles categorías.
Mamá Julia estaba al cuidado de las hijas o de una de las hijas en mayor grado. Una hija con un gran sentido práctico que se ocupaba de todas sus necesidades y revendía, según se dice, los regalos a las tiendas y las flores a las floristerías para destinar los ingresos a obras de bien común. Además, Mama Julia recibía diariamente por unos pocos minutos la visita de Chapita. Algo que la ponía, según dice Almoina, visiblemente nerviosa.
La excelsa matrona desempeñaba un papel importantísimo en las frecuentes disputas que se producían entre la bestia y las bestezuelas. Su papel de mediadora impidió muchas veces que los violentos conflictos que se desencadenaban entre Chapita, Petán, Aníbal y Pipí terminaran, como podían terminar, de manera trágica en un posible baño de sangre.
En alguna ocasión Petán se salvó de la muerte o por lo menos de la cárcel asilándose en casa de la madre y luego viajando prudentemente a Puerto Rico por breves periodos.
Con mayor razón, cuando un oficial como Fausto Caamaño recibía una orden del tamaño de la que había recibido, la prudencia aconsejaba acudir a la embajada, visitar a Mamá Julia, a la excelsa matrona.
Presentarse y presentar sus respetos, con un ramo de flores en la mano, si era posible porque la Excelsa matrona amaba las flores o se decía que las amaba. Flores o chocolates o cualquier otra firifulla. Decirle después, quizás, lo bien que se veía, lo joven que lucía la Excelsa matrona, lo fuerte que parecía, lo hermosa quizás que relucía. Luego introducir el tema, dar a conocer discretamente, casi como por distracción, el motivo de la visita, explicar prudentemente la situación para que la excelsa matrona se enterara de lo que estaba pasando y diera la voz de alerta. Para que el hijo en peligro se diera a la fuga o acudiera a refugiarse a la materna casa y el oficial se viera (por causa de fuerza mayor) impedido de ejecutar la fatídica orden de apresarlo o de matarlo.
NOTA: En relación al culto de Julia Molina y Rafael Trujillo, Crassweller describe un triste suceso que le costó la vida a un maestro ejemplar llamado Rafael Yepez al final del segundo mandato presidencial de la bestia. Yepez dirigía una pequeña escuela en la ciudad capital, contaba con un personal muy escaso e impartía él mismo la mayor parte de la enseñanza. Era un hombre joven, de unos treinta y dos años, felizmente casado y padre de una niña. Cuando en una ocasión le pidió a sus alumnos que escribieran una composición, uno de ellos, hijo de un diputado, empleó todos sus recursos en alabar a Julia Molina y a Trujillo. Un Trujillo que a su juicio era insustituible.
El maestro Yepez alabó la calidad de la composición, pero cometió la imprudencia de decirle que muchos otros hombres de talento tenían capacidad para sustituir a Trujillo y que los elogios que dispensaba a la matrona excelsa también se lo merecían otras madres.
Más temprano que tarde, el maestro Rafael Yepez fue arrestado en su casa. Los alumnos fueron llevados en dos camiones del Ejército a la Fortaleza Ozama, con excepción del hijo del diputado. La escuela fue cerrada y no volvió a abrir. Hasta el día de hoy nadie sabe con certeza lo que sucedió con Rafael Yepez, su esposa y su hija. Simplemente desaparecieron. l
(Historia criminal del trujillato [39]. Cuarta parte).
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BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

miércoles, 13 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (1) Ah los Trujillos

Pedro Conde Sturla


Los hermanos varones de la bestia eran unas encantadoras bestezuelas. Se trataban cordialmente entre ellas, generalmente a zarpazos y dentelladas, en el típico modo en que ciertas bestias juegan y manifiestan su cariño y su fuerza. Y además, durante sus años mozos, los mayores a veces planificaban y ejecutaban en grupo o en pareja sus fechorías, pero carecían del instinto básico de la manada, el instinto solidario que la une y da cohesión. La manada requiere que todos sus miembros anden juntos, obedezcan a un macho alfa o tomen decisiones colectivas.
Entre la bestia y las bestezuelas predominaba, sin embargo, el más feroz individualismo. Varios de ellos querían ser a la vez el macho alfa. Los peores eran agresivos, posesivos, se disputaban permanentemente la supremacía, prevalecía entre ellos la rivalidad y muy difícilmente confiaba el uno en el otro. Los más sumisos o aparentemente sumisos bajaban el lomo, se conformaban o fingían conformarse con lo que recibían, mantenían una real o engañosa mansedumbre, pero nunca estuvieron libres de sospechas. A todas las bestezuelas las mantenía de una u otra manera la bestia a soga corta.
Durante su larga estadía en el poder, la bestia enfrentó conspiraciones civiles y militares, se sobrepuso a tramas e intrigas cuartelarias y también a los chismes, pero también a la envidia y el rencor, cuando no a la rebelión más o menos abierta, la oposición e incluso la traición de algunos de sus hermanos.
Dice Crassweller que difícilmente podría exagerarse la magnitud de sobresaltos familiares que sufriera Trujillo por culpa de sus hermanos y hermanas. De hecho, a excepción de las invasiones de 1947, 1949 y 1959, sus parientes le causaron más irritación y dificultades que los esfuerzos de los centenares de exiliados en su contra.
Virgilio, el mayor de los varones, pretendía arrogarse o se arrogaba derechos de progenitura y persistió en su arrogancia cuando Chapita llegó al gobierno. Actuaba como si el hermano le debiera algo y no agradecía favores ni nombramientos. Incluso pretendía enriquecerse a costa de sus intereses y nunca respetó los límites que la cordura o la simple razón aconsejaban.
Virgilio había alcanzado, según se dice, el más avanzado grado escolar de la familia. Era el más intelectual, si así se puede decir, el más intelectual de una familia de analfabestias o analfabetos funcionales. Toda una proeza en aquel tiempo. Pero la fama que lo precedía desde temprana edad no la debía a su ingenio, a su fina inteligencia, a buenos modales adquiridos en el hogar y en la escuela. Tenía fama de truhán, por supuesto, fama de abusador, de canalla, igual que casi todos sus hermanos. Era un inútil, un haragán que no desempeñaba más que trabajos temporales, seguramente un cuatrero y asaltante de camino, ambicioso y capaz de todos los excesos.
Pero, además, Virgilio Trujillo sobresalía entre todos por desagradable y arrogante, era un grosero, un bruto, un rastrero. No tenía el más mínimo barniz de gente. Y sin embargo se desempeñó como diplomático durante largos años en Europa. Diplomático a la cañona, a la pura fuerza.
La bestia repartía más o menos generosamente entre sus hermanos las mieles del poder y lo que cosechaba muchas veces era pura hiel. Tomaba en ocasiones medidas preventivas, pero cuando veía que sus intereses o su autoridad estaban amenazados actuaba de la manera más radical: tomaba medidas punitivas.
A Virgilio lo nombró diputado a principio de su primer gobierno, pero el cargo y todos los privilegios especiales de los que estaba revestido le quedaban grandes o quizás chiquitos. Abusó de su poder, como suelen hacer los diputados, incurrió desde luego en burdos hechos delictivos que molestaron a Chapita y Chapita lo suspendió. Le dio un castigo ejemplar, como hacía Balaguer con algunos militares: un nuevo nombramiento. Esta vez como Ministro de interior y policía, a ver si escarmentaba. Pero Virgilio no escarmentó. En poco tiempo organizó una red de cohechos o sobornos, una tupida red de impuestos en perjuicio de pequeños productores que pegaron el grito al cielo y provocaron de alguna manera su destitución.
Una vez fuera del gobierno se dedicó a negocios privados en los que el más importante activo era el apellido Trujiilo. En esa época se decía en el país que ser blanco era una profesión. Los Trujillo no eran blancos, eran indios claros e indios oscuros, como se estilaba decir entonces. Pero ser apellido Trujillo durante la era gloriosa era toda una profesión, un título que garantizaba en muchos sentidos el éxito económico y el rápido ascenso en el escalafón militar, si la ambición no rompía el saco.
Virgilio eligió el Cibao como centro de operaciones y se dedicó a vender influencias, resolvía problemas que otros no podían resolver, hacía favores costosos, vendía tarjetas de protección que permitían a los desvalidos propietarios de vehículos que no tuvieran sus papeles en regla evadir el pago de ciertos impuestos y las multas por violaciones de leyes de tránsito.
A la larga terminó asociándose con individuos de mayor solvencia económica con los que se dedicó a la importación de camiones y repuestos de vehículos por los que no pagaba impuestos. Además era frecuente que en lugar de la placa o sobre la placa delantera figurara en letras egregias el nombre de Virgilio Trujillo: casi una patente de corso, una garantía de impunidad en las carreteras dominicanas de esos tiempos.
Eran negocios que quizás Virgilio considerara inocentemente creativos y lucrativos. Negocios que erosionaban, sin embargo, así fuera superficialmente, las recaudaciones fiscales del régimen de Trujillo y Trujillo no lo iba a permitir.
De la noche a la mañana Virgilio se vio en serios aprietos y sus principales socios fueron a dar a la cárcel con pronóstico reservado. Uno de ellos, llamado Luis Amiama Tió, le cayó simpático a Trujillo y lo puso al poco tiempo en libertad. Muchos años después, Amiama Tió participaría en el complot que le costó la vida a la bestia. Pero la bestia no podía saberlo.
Un grupo de jóvenes oficiales de Santiago, con los que Virgilio había estado intrigando o negociando o quizás ambas cosas, también cayó en desgracia y no les fue nada bien. Los sometieron a una purga para erradicar las malas influencias de las filas del ejército.
Virgilio Trujiillo recibió igualmente un castigo ejemplar. Fue enviado como diplomático a Europa donde se dedicó seguramente a la dolce vita y a los negocios turbios, pero con inmunidad diplomática. Además, fue tan inteligente que no volvió a regresar al país o regresaría quizás ocasionalmente.
En Europa estuvo, pues, casi todo el tiempo de la era gloriosa, desempeñando funciones diplomáticas y haciendo todo tipo de calaveradas a su alcance.
Dice Almoina que, como consecuencia de la guerra civil en España, cuando miles y miles de españoles salieron al ingrato y poco hospitalario exilio francés, Virgilio acudió generosamente en auxilio de muchos que querían emigrar hacia tierras americanas y se entendió con ellos en términos de mercachifle. Recibió el hermano del benefactor alhajas y oro en cantidad muy apreciable y cien dólares por cada refugiado que la República Dominicana aceptase. A La bestia no le gustó que lo dejaran fuera del negocio y volvieron a tener problemas.
En fin, no parece que entre la bestia y la bestezuela hubiera nunca prosperado alguna saludable relación fraternal. En Europa estaba Virgilio cuando mataron a Chapita y ni siquiera se molestó en venir al entierro. En cambio, sus vínculos de amistad con Luis Amiama Tió, estaban intactos o se habían fortalecido. Se escribían quizás con cierta frecuencia, intercambiaban felicitaciones navideñas y de cumpleaños. Nada de lo ocurrido empañó la amistad que existía entre Virgilio Trujillo y el hombre que había participado en la conjura que puso fin a la vida de su hermano.
(Historia criminal del trujillato [38]. Cuarta parte).
BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”.

EL MERENGUE Y TRUJILLO

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