José Manuel Loza Oblitas
jueves 9, febrero 2017
El tiempo es el mejor parámetro para juzgar las obras y el comportamiento de los hombres, cuando las pasiones se han apagado y los actores ya no se encuentran en vigencia u ostentando el poder.
Se ha señalado siempre que la "historia es escrita por los vencedores", hayan cometido o no los peores genocidios en su tiempo, pero ese relato puede sufrir transformaciones y críticas por la veracidad y la investigación.
En el caso de los gobernantes, en el momento de su poder sus entornos y sus adherentes, escriben loas, poesías, levantan monumentos y los califican como héroes, hombres que trascienden el tiempo y se constituyen en irreemplazables o seres divinos.
Lo encontramos en las páginas de la historia, con monumentos a Hitler, Mussolini, Stalin, Saddan Husseim, Muamar Gaddafi, etc., que al final de su tiempo, de sus dictaduras y de su seguridad de eternidad, cayeron en pedazos, así como cayó en pedazos la fábula que se escribió sobre ellos, olvidando su responsabilidad en genocidios, en violaciones a los derechos humanos, etc., actuaciones a las que, en ese tiempo, se calificaban como revolucionarias.
Bajo el manto del poder, aparecen cientos o miles de escribidores, de plañideras y de cohortes dispuestas a aplaudir e, incluso, a matar por el que se convierte en su benefactor y en la fuente de su riqueza y poder.
Pero cuando éstos dejan de ser lo que fueron, los mismos se convierten en denostadores, en los peores acusadores del que les tendió la mano y con ella parte de ese poder, de esa riqueza que se muestra en su forma de vida, pero no en su moral, que muchas veces es la más abyecta de los seres humanos.
La calificación, de los méritos y deméritos, corresponde al tiempo posterior del mandato, muy lejos del poder que detentaron, cuando las aguas de las pasiones se calman y funciona la inteligencia, la razón y la investigación objetiva de los hechos.
Recordemos que el Libertador Simón Bolívar, el Mariscal Antonio José de Sucre, el Mariscal Andrés de Santa Cruz, al término de sus mandatos fueron repudiados en sus países, callando las liras y los cantos de gloria que antes inundaban los espacios del poder. Pero fue el tiempo el que reivindicó sus memorias, el patriotismo y la investigación de sus actos, y hoy se encuentran homenajeados en monumentos, en pinturas y en la gloria de las páginas doradas de la historia.
El tiempo es el inexorable juez y el más terrible verdugo de los tiranos y de los dictadores que existieron en nuestro planeta.
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