Por Alejandro Paulino RamosConferencia en el Seminario de Historia de las Antillas Hispanoparlante. UASD Y ACADEMIA DE HISTORIA, Octubre 2005.
El inicio de la dictadura de Rafael L. Trujillo en 1930, puso fin de
inmediato al proceso de apertura que comenzó a vivirse a partir de la
desocupación militar americana de 1924 y de la instauración del gobierno
del general Horacio Vásquez.
Durante los seis años de gobierno
de este caudillo, la intelectualidad encontró algunos obstáculos y un
selecto grupo conoció la cárcel por sus críticas al presidente. Entre
los treinta y dos que fueron “condenados, encarcelados, agredidos o
perseguidos judicialmente por el gobierno de Horacio Vásquez” se
encontraron Américo Lugo, Rafael Estrella Ureña, Luis C. del Castillo,
Arístides Fiallo Cabral, Tomas Hernández Franco, Ulises Heureaux hijo y
Manuel A. Peña Batlle
Pero aún así se puede decir que la
intelectualidad pudo promover sus ideas y proyectos en el marco de un
relativo ambiente de libertades públicas; fundaron partidos liberales y
democráticos, así como sindicatos, sociedades y agrupaciones
influenciadas por ideas marxistas. Los más prestigiosos y militantes
entendieron llegado el fin del caudillismo, por lo que se integraron a
los proyectos que anunciaban la modernización del Estado y la
participación de ellos en la dirección de la cosa pública, sustituyendo,
claro está, a los viejos caudillos que tanto daños les habían causado a
la sociedad dominicana, pero Horacio Vásquez era considerado el símbolo
de la política caudillista.
Si bien los intelectuales estaban
claros en el tipo de reformas requeridas para modernizar el Estado,
sentían la debilidad de no contar con aparatos de presión que fueran más
allá de sus ideas. Desde el final de la ocupación militar americana,
esos aparatos, especialmente el ejército, estaban bajo el absoluto
control de Rafael L. Trujillo y de un sector de la burguesía extranjera
que discretamente le apoyaba.
Posiblemente, por esta situación
fue que una parte importante de la intelectualidad dominicana entró en
el juego de la conspiración contra el gobierno de Vásquez, encabezada
por Rafael Estrella Ureña, contando con que, de lograr sus objetivos de
sustituir al viejo caudillo, ellos iban a ser los actores principales
del proceso y no como realmente sucedió, que el jefe del Ejército, quien
había urdido toda la trama sigilosamente, terminó poniendo a los
intelectuales a su servicio.
La trampa en la que entraron los
intelectuales estaba relacionada con la concepción que estos tenían, de
que la sociedad dominicana no podía reformarse y modernizarse al margen
de un proceso que aniquilara el caudillismo partidarista. Para una parte
de la intelectualidad ese proceso no podía implementarse sin la
presencia de “un Hombre” con fuerza, decisión y poder, que fuera capaz
de dirigirlo.
Tres palabras definían la concepción del Estado, la
política y la sociedad en los debates de la intelectualidad dominicana:
evolución, regeneración y renovación, y aunque también se hablaba de
revolución esta última no tenía, al parecer, amplia simpatía en las
elites pensante.
La crítica de los jóvenes intelectuales al
partidismo caudillista llevó a Manuel A. Peña Batlle, líder de la
agrupación Plus-Ultra, en julio de 1922, a negar a los partidos de
entonces la condición de tales, por no tener programas, ni ideología y
estar sustentados principalmente en hombres. De lo que se trataba, decía
Peña Batlle, era de construir partidos sustentados en principios e
ideas y en “hombres que los impongan”:
El 17 de agosto de 1922,
el director del periódico santiagués El Diario tituló el editorial:
Regeneración, planteando la necesidad de renovar y regenerar la sociedad
a partir del momento en que ya se veía llegar la salida de las tropas
americanas:
Estamos en un período de renovación. Ahora o luego
volveremos a gobernarnos, como quiera que sea, y hoy más que ayer se
necesitan moldes nuevos. (...). Ya somos mayores de edad. Hemos
aprendido a andar a fuerza de sangrar los pies. Y si aún quedan
multitudes rezagadas en el movimiento progresivo de nuestra conciencia
colectiva, cumple a nuestros políticos, a nuestros tribunos, a nuestros
jóvenes reconstructores seguir llevando al Pueblo por la senda
regeneradora de la conciencia.
Pero en el mismo periódico El
Diario, de Santiago, aparece otro editorial cinco años después, titulado
El Hombre!..., en el que se plantea que esa regeneración sólo es
posible si aparece “El Hombre” capaz de cristalizarla. En principio se
señala como ese posible “hombre” al comerciante Juan Bautista Vicini
Burgos, se descarta a varios de los más influyentes intelectuales y
políticos, pero no descarta el editorialista que ese “hombre” sea uno
que apareciera y “dirigiera al pueblo” en ese proceso de regeneración.
La necesidad del hombre providencial y predestinado, que luego sería
Trujillo, se iba forjando en los medios de comunicación:
Nosotros no servimos ideas ni intereses de ningún político, y si al
referirnos a Vicini Burgos le reconocimos algunas cualidades buenas que
nadie puede escatimarle sin cometer injusticia, ni afirmaremos que él es
EL HOMBRE, ni negamos que lo sea. Si este no es EL HOMBRE, que surja el
que lo sea y diga al pueblo que lo es, y se lo pruebe, para que el
pueblo lo aclame y lo siga. El pueblo está maduro para seguir a un
hombre, o con más propiedad aún: al hombre, es decir, al que sea la
verdadera encarnación de la conciencia pública.
Llama la atención
que fuera un “arielista” seguidor, como la mayoría de los intelectuales
nacionalistas del período, de José Enrique Rodó, pero posiblemente el
de más influencia en la juventud de Santiago y líder del Partido
Republicano, Rafael Estrella Ureña, quien encabezó el llamado
“Movimiento Cívico” que puso fin, el 23 de febrero de 1930, al gobierno
del General Horacio Vásquez y promoviera, acompañado de un nutrido grupo
de intelectuales, la candidatura de Rafael L. Trujillo en las
elecciones del 16 de mayo de 1930. Trujillo se había constituido
definitivamente en el “hombre” que todos soñaban para poner fin al
partidismo caudillista.
Entre los sesenta y dos intelectuales de
la capital que firmaron el manifiesto de apoyo a la candidatura
Trujillo-Estrella Ureña, para las elecciones del 16 de mayo de 1930, se
encontraban: Manuel de Jesús Galván, Ulises Heureaux hijo, Leoncio
Ramos, Francisco Benzo, J. Marino Incháustegui, Andrés Avelino Lora,
Rafael Zorrilla, M. Zacarías Espinal, Domingo Moreno Jimenes y Alberto
Font Bernard.
INTELECTUALES CONDENADOS, ENCARCELADOS, AGREDIDOS, O PERSEGUIDOS POR EL GOBIERNO DE HORACIO VASQUEZ, 1924-1930”
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Dr. Américo Lugo (escritor y abogado)
Rafael Estrella Ureña (escritor)
R. Cesar Tolentino (director de La Información)
Luis C. del Castillo (escritor)
Emilio A. Morel
Alvaro Álvarez (director de La Opinión)
Manuel Maria Morillo
Doctor Arístides Fiallo Cabral
Osvaldo Bazil (poeta)
Enrique Cambier (director de La Nación)
Tomas R. Hernández Franco (escritor)
Doctor Gustavo A. Mejía
Manuel Roberto Mateizán (director de Heraldo Nacional)
Miguel A. Morillo
Gregorio Gilbert
Ulises Heureaux hijo (escritor)
Noel Henríquez
Francisco Augusto Cordero
Julio V. Arzeno
Doctor Pedro A. Santana
Agustín Aybar
Oscar Delanoy (director de Cojanlo)
J. Rodríguez Molinas
Ramón Asencio R.
Manuel A. Peña Batlle
Emilio García Godoy
José Maria Félix
Luis Sánchez Andujar
R. Pérez Ortiz
Jolibois Fils (haitiano deportado)
Hermanos Morovia-Morpeau (haitanos deportados)
Luis V. Pino (deportado).
(Tomado de: Emilio A. Morel. Desde mi sector. Ciudad Trujillo: Tipografía Cambier, 1936.).
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INTELECTUALES CON TRUJILO EN LAS ELECCIONES DE MAYO DE 1930
La
mayoría del pueblo proclama en el actual momento, como candidato a la
presidencia y a la vicepresidencia de la Republica, al General Rafael
Leonidas Trujillo y al Licenciado Rafael Estrella Ureña,
respectivamente. Ambos son jóvenes meritorios, y nosotros, intelectuales
a quienes alientan ideas renovadoras, sin incurrir en exageradas
utopías autóctonas ni en apasionados prejuicios, apoyamos y recomendamos
esa candidatura, por considerarla muy merecedora del sufragio publico.
Santo Domingo, 23 de abril de 1930.
(Firman):
Arq. Cruz Álvarez, escritor
Ulises Heureaux, escritor comediógrafo
Manuel de Js. Galván, escritor
Emilio A. Morel, escritor
Lic. Jaime Vidal Velásquez, diputado.
Manuel Morillo, escritor
Lic. Leoncio Ramos, abogado
Lic. J. Enrique Hernández, abogado y escritor
Dr. Francisco Benzo, de la Facultad de París
Dr. J. Rafael Bordas.
Francisco Espaillat de la Mota, escritor, diputado
Ernesto Paradas, Ing. Arquitecto, graduado en Paris y en España.
Luis A. Weber, Maestro Normal
Francisco Sanabia hijo, director de Nuevo Diario
Opinio Álvarez Mainardi, periodista
René B. Lluberes, escritor
Dr. Juan Valdez Sánchez
Lic. Pedro Rosell, abogado y escritor
Lic. J. Marino Incháustegui, abogado
Alberto Font Bernard, escritor
S. O. Rojo, maestro y diputado
Ing. Mario A. Acevedo.
Lic. Carlos T. Sención
Jacinto T. Pérez, escritor
Cesar Dargan, profesor
Juan A. Bravo, periodista, profesor
Profesor F. Garcia y Garcia
Andrés Avelino Lora, agrimensor*
Luis E. Saladín, periodista
Rafael Zorrilla, escritor
Dr. Juan Ramírez
Manuel Llanes, escritor
Lic. A. de Lima, abogado
Barón Pichardo, profesor
F. A. Rodríguez, periodista
Jaime Sánchez, escritor y diplomático
Juan A. Padilla hijo, periodista
Mario E. Guerra, escritor
Diego Henríquez, director de Paginas Selectas
(Véase: Arquímedes Cruz Álvarez, Rafael Leonidas Trujillo: notas biográficas, Santo Domingo, 1930, pág 15 y ss) .
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ALGUNOS DE LOS INTELECTUALES QUE FIRMARON LOS ESTATUTOS DEL PARTIDO DOMINICANO EN 1931
Mario Fermín Cabral
R. Cesar Tolentino
Alberto Font Bernard
Fabio A. Herrera
Max Henríquez Ureña
Rafael Paino Pichardo
Apolinar de Castro P.
Agustín Malagón hijo
Jafet D. Hernández
Andrés J. Espinal
Abelardo R. Nanita
Diógenes del Orbe
Rafael Vidal
Daniel Henríquez V.
P. P. Bonilla Atiles
Ramón O. Lovatón
Francisco Sanabia hijo
Moisés García Mella
Rafael Malagón
Telésforo Calderón
Federico García Godoy
Arturo Logroño
Emilio A. Morel
Joaquin Balaguer h.
Manuel A. Amiama
Enrique Jimenes
Ulises Heureaux hijo
Tulio M. Cestero
Joaquín M. Bobea
José Enrique Aybar
(Estatutos del Partido Dominicano, Santo Domingo: La Opinión, 1931)
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Muy
pronto una parte de la juventud intelectual comprendió que su proyecto y
el del nuevo presidente, que tomó posesión el 16 de agosto de 1930, no
eran los mismos. Se abrió casi de inmediato un espacio que va desde
finales de 1930 hasta 1935, en el que los desengañados y los que
percibían la instauración de la tiranía, intentaron resistir la
dictadura: unos renunciaron a su condición de funcionarios del régimen,
otros participaron en conspiraciones y en planes para ajusticiar al
tirano, y un nutrido grupo salió del país y se propuso de inmediato la
organización de una expedición armada, que vendría desde Cuba, pero que
quedó en el olvidó en medio de la represión ejercida con saña contra los
oposicionistas.
En el sector de los que se opusieron a Trujillo
la persecución y el crimen fue implacable: Desiderio Arias murió en
Gurabo junto a varios de sus seguidores, en noviembre de 1930; Cipriano
Bencosme fue muerto en Moca en 1930 y Rafael Estrella Ureña abandonó la
vicepresidencia y salió del país en agosto de 1931. Para 1933 tomó
cuerpo una conspiración para eliminar a Trujillo, entre oficiales del
ejército de la Fortaleza Ozama, pero sus líderes, Leoncio Ramos y Aníbal
Vallejo, entre otros, fueron luego asesinados.
En
abril de 1934 un nutrido grupo de jóvenes renovadores y revolucionarios
de Santiago fue encarcelado y algunos murieron en la cárcel de Nigua,
San Cristóbal, por intentar asesinar a Trujillo; Sergio Bencosme, que
había salido del país fue asesinado en Nueva York en 1935 y en abril del
mismo año fue detectada la planificación de otro atentado en la ciudad
de Santo Domingo, muriendo en las cárceles la mayoría de los implicados.
La
“pacificación” del país terminó en 1935 y es partir de ese año cuando
la mayoría de los intelectuales que habían resistido para no colaborar
van a comenzar a ingresar al Partido Dominicano.
La situación de
los intelectuales que no se habían pasado al régimen, fue en cierto modo
de inercia y de callada expectativa. En el caso de Juan Isidro
Jimenes-Grullón, quien fue directivo de la sociedad Amantes de la Luz de
Santiago, este publicó en Analectas un ensayo en tres números
consecutivos bajo el titulo de Reflexiones sobre la desorientación
intelectual. En el segundo de esos artículos él planteó lo siguiente:
“Vivimos
soñando. No tuvo la elite tampoco el sentimiento de lo social. O si lo
tuvo lo desvió, pues pudiendo hacer algo por el pueblo, perdió el tiempo
en sueños y teorías y lo dejó postrado en la semibarbarie. (…). El
peligro está en que ese estado de cosa continúe. La cuestión es de mucho
más alcance de lo que a simple vista parece, pues las corrientes
ideológicas predominantes en la elite dejan siempre una huella profunda
en la vida de los pueblos. (…). O el intelectual se adapta y razona en
relación al estado social y las necesidades del pueblo, o el pueblo
degenera o perece. Adaptarse. No entregarse. Se adapta el que aprende y
trata de encender la chispa del progreso. Se entrega el que cree todo
perdido y se contagia o especula en la pobreza del medio. Bolívar se
adaptó. Páez se entregó”.
Cuando estos artículos estaban
apareciendo, Jimenes-Grullón se encontraba detenido en la cárcel de
Nigua, San Cristóbal, acusado de atentar contra la vida del presidente
de la República. En cuanto a la aptitud de Julio A. Cuello, de quien no
aparece un solo articulo a favor del regimen en la bibliografía
trujillista de Rodríguez Demorizi, éste deja percibir sutilmente en su
escrito “El Carnaval”, lo que estaban sintiendo los intelectuales. En
julio de 1934 este dijo: La hora tienen para mi, sin embargo, una
lentitud de silencio y soledad, dentro del vértigo enloquecido de tantos
corazones abiertos al placer.
Se dio el caso de intelectuales
que se destacaron en la oposición a la dictadura, que luego escribieron
en formas laudatorias sobre Trujillo, como fueron, por ejemplo, el
Profesor Juan Bosch y Ramón Vila Piola, para sólo citar dos casos: Bosch
escribió en abril de 1935 Una responsabilidad que nadie resistiría y en
enero de 1937 el artículo “Jefe y Tirano”, haciendo un paralelo entre
Trujillo y Somoza, y en el que aparece como jefe el primero y como
tirano el segundo. En La Opinión de octubre de 1937, Bosch escribió El
signo de Trujillo, en el que dijo que mientras sus amigos pueden
disfrutar de los placeres que el mundo brinda a todo hombre, él
(Trujillo), tiene que seguir aquí, con la República a cuesta, jineteando
bajo el solazo de la Línea o sobre las crestas de la Cordillera
Central, mientras que Vila Piola, líder del complot de Santiago para
eliminar a Trujillo, escribió en abril de 1941 El trujillismo, doctrina
política dominicana. Pero se sabe que tanto Bosch como Vila Piola, como
otros que escribieron sumisamente en aquellos días, no fueron
trujillistas. Jimenes Grullón en La República Dominicana: una ficción,
aclara que la razón de la pretendida colaboración de los intelectuales:
fue el nacimiento y la generalización del complejo del miedo. Como
cualquier palabra o actitud podía acarrear persecución y el asesinato,
la actividad individual quedó supeditada a ese complejo.
En el
caso de Bosch, por ejemplo, recuérdese que desde los primeros días de
enero de 1934 fue apresado, acusado de actividades terroristas y llevado
primero a la Fortaleza Ozama y luego a la temible cárcel de Nigua,
donde se enfermó de paludismo. Después de varios meses prisionero fue
libertado y casi de inmediato se afilió al Partido Dominicano, lo que
fue comunicado a Trujillo, el 1ro. De octubre de 1934, por T. Pina
Chevalier : Juan Bosch, hombre responsable, inteligente i de una
presencia de animo digna de atención, se afilió al Partido Dominicano,
en agradecimiento a la atención que usted gastó con su mamá. Juan no fue
trujillista pero el miedo lo obligó a colaborar por algún tiempo.
Por
otro lado, existe la opinión de que Rafael L. Trujillo fue apoyado por
la totalidad de la intelectualidad desde el inicio de su primer gobierno
y hasta desde un poco antes; pero esto es incorrecto. Una parte
considerable de la elite pensante dominicana resistió por varios años
las presiones que recibía para que se integrara a las estructuras
político-administrativas del régimen. Por ejemplo, varios de los
intelectuales que acompañaron a Estrella Ureña en el “Movimiento Cívico”
del 23 de febrero de 1930, incluyéndolo a él, rompieron con Trujillo en
1931, aunque también es cierto que fue a partir de ese año cuando otros
que fueron contrarios a la situación, comenzaron a integrarse.
Podemos
citar como ejemplo varios casos: El Dr. Ramón de Lara fue nombrado por
el gobierno provisional de Estrella Ureña como rector de la Universidad
de Santo Domingo pero ya en septiembre del mismo año fue expulsado del
país junto al Dr. Leovigildo Cuello y aunque esa expulsión fue levantada
tiempo después, el Dr. Ramón de Lara se integró al plan que buscaba
poner fin a la dictadura en abril de 1935, siendo detenido y torturado
en la cárcel de Nigua.
Otro caso es el del Dr. José Enrique
Aybar, quien en abril de 1930 fue de los pocos que se opuso públicamente
a la candidatura de Trujillo y en 1934 dirigió una encuesta entre
personas importantes sobre la reelección, en la que solo opinaron en
contra el Dr. Ramón de Lara y el Dr. Eduardo Vicioso. Aybar terminó
ingresando definitivamente al gobierno en 1940 pero ya desde 1935 estaba
escribiendo a favor del régimen. En cuanto al doctor Vicioso, este
había sido Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad en la
conspiración de abril de 1935 fue detenido y torturado en la cárcel de
Nigua.
Los desafectos del régimen eran obligados a escribir a
favor del mismo y hasta contra sus propios familiares: Joaquín Balaguer
narra en Memorias de un Cortesano, como Juan Tomás Mejía al ser llamado
por Balaguer para transmitirle instrucciones, y al presentarse dijo:
Supongo que no me habrán llamado para pedirme que escriba contra mi
hermano Luis. (…). Había sido obligado a cubrir de improperios a su
hermano Luis F. Mejía cuando este publicó en Venezuela el libro titulado
De Lilís a Trujillo.
El caso del director del Listín Diario es
sintomático de cómo era que se estaba desarrollando el proceso de
integración de los intelectuales al trujillismo: el 1º. de abril de
1934, su director Arturo Pellerano fue encarcelado acusado de injuriar a
Trujillo y el periódico aclaró que no injurió al presidente. Al ser
excarcelado ingresó, el 11 del mismo mes, al Partido Dominicano. El
Listín se había destacado anteriormente como un medio de comunicación de
tendencia horacista.
Entre las personas importantes implicadas
en el atentado contra Trujillo de la ciudad de Santiago, fueron
perseguidos o encarcelados y torturados, desde marzo de 1934: Juan
Isidro Jimenes-Grullón, Ramón Vila Piola, Ángel Miolán, Fabio Bonnelly, y
Fernando Bermúdez, así como decenas de jóvenes normalistas. Una nueva
conspiración contra la vida de Trujillo se planificó en abril de 1935,
en la ciudad de Santo Domingo; en esta estaban implicados varios
intelectuales y profesionales de prestigio, entre ellos: el ingeniero
Juan de la Cruz Alfonseca, el Dr. Ramón de Lara, el abogado Eduardo V.
Vicioso, el industrial Oscar Michelena y Pou, el Dr. Buenaventura Báez
Ledesma y el optómetra Ulises Pichardo Pimentel; además del dentista
José Selig Hernández, el abogado Abigail Del Monte, el farmacéutico
Manuel Joaquín Santana, el farmacéutico Ramón María Lora Báez, el
industrial Colchón Calvo y el comerciante Amadeo Barletta.
Desde
finales de 1931 se completa la sumisión y a principios de 1933
comenzarán las conversiones, dice Jesús de Galíndez; pero es después de
la agresiva represión contra los que integraron el movimiento
conspirativo de Leoncio Blanco y Aníbal Vallejo en el Ejército, y contra
los que planificaron los atentados de Santiago y Santo Domingo, que la
intelectualidad se va a postrar ante Trujillo. A partir de 1935 la vida
intelectual ya no sería desarrollada en instituciones liberales alejadas
de los planes de dominación de Trujillo y la libre vida intelectual se
desarrolla ahora en la intimidad del hogar, donde solo se habla
francamente con el insospechable; pero otros decidieron integrarse y
formar parte del equipo de asesores y funcionarios del régimen. Dice
Juan Isidro Jimenes-Grullón que
Fue, (…), fenómeno corriente el
que esa intelectualidad le tomara gusto a la vida burguesa, gusto que la
empujó a buscar en actividades políticas o politiqueriles los medios
que pudieran proporcionar tal vida, cuando la profesión se mostraba
parca en ofrecerla. (…). Aquellos que conservaron ciertos escrúpulos,
actuaron por lo general de modo discreto en la cooperación al mal.
Se
requiere de estudios más acabados para entender las razones que
llevaron a los más prestigiosos intelectuales dominicanos a la
colaboración e integración al régimen de Trujillo pero en la raíz de
todo lo que aconteció en ese sector se encontraba, en principio, el
desconocimiento de los planes de Trujillo en 1930 y posiblemente la
sobrestimación de su condición de intelectuales por encima del poder
militar del jefe del ejercito.
Como colofón de todo
lo que acabo de plantear, soy de la creencia de que al concretarse el
golpe de Estado de 1930 contra Horacio Vásquez, una parte de los
intelectuales se integró al nuevo régimen de inmediato; los que no lo
hicieron van a ser obligados a definir su aptitud con relación a
Trujillo a través del miedo, la represión y el control de los medios de
producción en manos del dictador. Como muestra de lo acontecido con los
intelectuales que de alguna manera se resistieron a los métodos
trujillistas, basta con estudiar lo acontecido en torno a la vida de
Américo Lugo en este período. El intelectual que no se integraba y daba
muestra de sumisión sólo le quedaba el silencio, el hambre, el exilio o
la muerte.