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jueves, 4 de agosto de 2016

El vuelo de la vida, el vuelo de la palabra

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Es desde la palabra que acumulamos un porcentaje esencial de nuestras experiencias. Con las palabras simbolizamos la realidad al denominar las cosas, en las palabras las historias reviven, hormiguean los acontecimientos, el lazo de los soliloquios construye mundos imaginados, y así como todo regresa también se puede volver a marchar. Jean Paul Sartre tiene un libro maravilloso llamado “Les mots” (Las palabras), que uno lee extasiado porque descubre el poder inconmensurable que la palabra tiene, y se convence de que hay una elección que hace al sujeto, y que ésta pasa por la palabra.
Algo verdaderamente significativo, sin embargo, es que entre las cosas más degradadas de la vida pública en la República Dominicana está la palabra. He abordado el tema en otras oportunidades, pero lo cierto es que ahora uno no sabe a qué atenerse. Gorgias, aquel personaje pintoresco del grupo de los sofistas (de quien también he escrito), no se atemorizaba jamás ante las posibilidades de asumir en la palabra cualquier causa, sin importar que fuera verdad o mentira. Temeroso porque podía desdibujar la realidad más concreta en virtud de un proceso de razonamiento envolvente, sustentado no en la lógica, sino en la dialéctica de una palabra mentirosa. Gorgias terminó por enmudecer para siempre. Jamás habló. Si uno sigue la historia de ese pensador sofista tan atractivo y galante, descubre que el símbolo por excelencia de los sofistas murió callado, literalmente de un hartazgo de palabras. Aquí hay políticos y comunicadores que deberían regalarle el silencio de Gorgias al país. Viviríamos mejor, sin ninguna dudas.
Pobreza tan vasta y lastimera, la de la palabra entre nosotros, que debería ser proclamada como una tragedia nacional. Las declaraciones de los funcionarios, los “líderes” políticos, el bestiario de los partidos, los plumíferos (escribidores y hablistas), sacerdotes y pastores, megadivas y lame botas, historiadores y alguaciles, “poetas” y embajadores, merengueros y programeros, chivatos y generales, prostitutas y jueces, Judas y columnistas de periódicos, maca chicles y chulos trasnochados, maricones esquivos y brecheros con ojeras; toda esa sublime fauna que habla y habla y usa la palabra más para ocultar que para esclarecer. Hay que vacunarse contra el cinismo. La prostitución empedernida de la palabra ha saturado el país. Es bien difícil emparejar el vuelo de la vida con el vuelo de la palabra. En la “Era de Trujillo”, cuyo marco de violencia hizo que por un lado anduviera la vida y por el otro la palabra; emparejar el vuelo de ambas te podía costar la vida. Era un signo de la “Era” del perínclito de San Cristóbal. En la “Era de Danilo” el encanallecimiento de la pequeña burguesía transita el empedrado suelo de la degradación de la palabra. Porque ahora las palabras nos engañan, ocultan lo que quisiéramos saber, nos pierden en la táctica y la estrategia de todos cuantos desean manipularnos.
Hago estas reflexiones porque me estoy preparando para escuchar el discurso de Danilo Medina el próximo 16 de agosto. Las palabras en su boca deambulan huérfanas, y ya no significan sino la conveniencia y la estrecha imaginería del hablante. Danilo Medina cree que cuando habla alcanza la magistratura del genio, agrediendo la inteligencia de los demás, aunque la realidad de todos los días lo pone al desnudo. Se cree un Dios, apuesta a su sacralización, y asume el rango de espectáculo excitante desde la palabra. Todo lo ha comprado, su construcción mítica es el engaño de la palabra más rotundo que hemos vivido. Y la casta sublime que lo sostiene es una mentira sin arrugas. Uno mira el accionar del bestiario político que lo rodea y sabe perfectamente lo que procuran. Pero otro es el discurso, la estrategia de propaganda que desdibuja la realidad, el sainete de ostentación que protagonizan a costa del inmovilismo social y la miseria moral. Más aún que la sociedad del espectáculo, vivimos en la sociedad de la mentira. El vuelo de la vida está muy lejos en este país del vuelo de la palabra, como si viviéramos todavía en el trujillismo, y el miedo nos tapiara la boca

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