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domingo, 3 de agosto de 2014

Burbujas y pelotazos, la gran fiesta del chivo

BEATRIZ MUÑOZ GONZÁLEZ PROFESORA DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA 3 agosto 2014 00:22 EL Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, recrea en su novela 'La fiesta del chivo' el asesinato del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, apodado 'el chivo'. Más allá de la trama, ambientada en los años dorados de la dictadura y cuyo desenlace final es su asesinato, la obra es una reflexión en torno a la naturaleza del poder y la corrupción. Intercala ficción y acontecimientos históricos para reflejar hasta dónde se puede llegar con un poder ilimitado en una sociedad que lo permite. Vargas Llosa, de manera magistral y brutal, nos cuenta el festín que Trujillo organizó con la República Dominicana. Personas, instituciones, principios. todo fue engullido por un régimen corrupto y delirante: la gran fiesta del 'chivo' en la que se convirtió por su insaciable ansia de poder. En los últimos meses, esta novela se me presenta de manera recurrente cada vez que abro la prensa y voy teniendo conocimiento de un nuevo escándalo financiero, una nueva imputación o un nuevo desmán urbanístico. No puedo por menos que pensar que, en este país y durante los últimos 15 años, hemos tenido nuestra particular fiesta del chivo. Adjudicaciones de dudosa legalidad y que en algunos casos, como vamos sabiendo por la prensa, se realizaron después del inicio o realización de las obras; comisiones y contabilidades paralelas; urbanizaciones, aeropuertos o palacios de congresos que son una oda a la megalomanía; burbujas varias que acaban explotando; productos financieros cuyo control no ha existido y han llevado a la ruina a pequeños ahorradores; bodas y saraos de políticos, empresarios y familiares de un exhibicionismo tal que, especialmente desde la perspectiva actual, resultan, por impúdicos, obscenos (fiestas de pijamas incluidas); desvío a fines privados de dineros destinados a obras y servicios sociales; indemnizaciones millonarias para banqueros que han arruinado a las entidades en las que trabajaban; finiquitos en diferido; cursos de formación financiados con dinero público que no se han impartido; contrataciones de informes que en el mejor de los casos, de realizarse, eran un corta y pega de otros textos; personal del servicio doméstico que actúa como testaferros; una afición desmedida por viajar a Suiza; herencias en paraísos fiscales; políticos que se benefician de las privatizaciones que ellos mismos han gestionado; puertas giratorias. La lista es interminable y, un día sí y otro también, amanecemos con nuevos escándalos que nos presentan la realidad de esos «años dorados»: arribismo, impostura, pelotazo y corrupción han campado a sus anchas y han contribuido a que los efectos de la crisis financiera mundial adquieran una particular gravedad en nuestro modelo social y económico. Pocas instituciones se libran del escándalo. Y si a algún lector o lectora le resultase un exceso mi comparación con la novela de Vargas Llosa, en el momento de escribir estas líneas se ha sabido que una popular vedette cobraba, por actuar en centros de mayores, de la caja fija de la Dirección General de Dependencia y Mayores de una Consejería de Bienestar Social. No entraré en la descripción de la artista según la foto que publica un periódico nacional, pero bien podría ser otro personaje en la obra del premio nobel quien a buen seguro la describiría magistralmente. Según sabemos, dicha contratación, en sí, no es ilegal, pero tengo serias dudas acerca de las dimensiones éticas y estéticas de un asunto que perfectamente podría servir como metáfora del delirio grotesco del que durante estos años ha participado una parte de nuestra clase empresarial y política. Durante este tiempo hemos asistido a una gran borrachera de codicia cuya resaca no la está pasando quienes han bebido. Muy al contrario, éstos han decidido, a la mañana siguiente, tomarse otra cerveza para evitar su dolor de cabeza y sus náuseas. Se trata de una cerveza en forma de recortes de derechos y prestaciones sociales, también en forma de nuevas privatizaciones, para una ciudadanía empobrecida que la noche anterior no probó el gin-tonic, que nada ha tenido que ver con pelotazos y burbujas, con delirios de grandeza, con burdas imposturas. Todo un ejemplo de resaca en diferido ¿Cuánto podrá aguantar nuestro hígado? Parece que tenemos cirrosis, pero no por haber bebido, sino por haber sido contagiados. Los efectos de la borrachera han sido devastadores y para mayor malestar han venido acompañados de una desquiciante atribución de responsabilidades sobre quienes la están padeciendo. Hasta el hartazgo hemos tenido que soportar que nos dijeran que hemos vivido (bebido) por encima de nuestras posibilidades y que, por tanto, de aquellos polvos vienen estos lodos. Tamaño cinismo no se había visto antes. No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Ellos han vivido por encima de las nuestras como lo evidencia el hecho de que los recortes estén sirviendo para pagar los efectos de algunos de sus desmanes. Hasta tal punto es así, que han acabado estableciendo una relación parasitaria con nosotros. Ellos, que en su soberbia han demonizado a los sectores más vulnerables de la sociedad acusándoles con frecuencia de vivir del Estado, de no hacer nada por salir de la situación de pobreza y exclusión. Ellos, que han presentando como un estilo de vida -y en consecuencia como algo elegido- lo que en todo caso sería en parte resultado de las condiciones materiales de existencia de los sectores sociales más pobres. Impudicia a raudales. Urania, la protagonista de la novela de Vargas Llosa, le dice a su padre que tras tantos años de servir al jefe ha «perdido los escrúpulos, la sensibilidad, el menor asomo de rectitud». Y concluye, «¿era ése el requisito para mantenerse en el poder sin morirse de asco?». Me hago la misma pregunta, ¿es ese el requisito?

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